Patrulla de papel
Enrique Castillo González

COLUMNA INVITADA
(Cuento de miedo escrito por Buxa)
Happy Halloween… 🎃 Otro pequeño cuento en esta noche de brujas… ¡disfruten! 👻
“LA LECTORA FUGITIVA”
Cuando Jessy desembarcó en Quebec, no traía el equipaje de una turista. Entre sus pertenencias, protegidas por cajas de madera reforzadas con sellos de lacre, viajaban volúmenes encuadernados en piel de origen dudoso y reliquias que vibraban con una energía estática que erizaba el vello de los aduaneros. A sus 27 años, Jessica Baenz poseía una elegancia gélida; su mirada, perfeccionada en las bibliotecas de Inglaterra y los mercados negros de objetos antiguos, parecía leer los pecados de la gente antes que sus nombres.
En Saint Paul, se convirtió rápidamente en un enigma necesario. Mientras el pueblo luchaba contra una generación de jóvenes perdidos en el brillo azul de las pantallas, Jessy ofrecía un milagro: el silencio. Las madres la adoraban. No entendían cómo lo hacía, pero bajo su cuidado, los niños más rebeldes se sumergían en tomos de papel amarillento, olvidando sus consolas como si hubieran sido hechizados.
La familia Richardson era la cúspide de la pirámide social en la localidad. Su mansión era un monumento a la opulencia: una estructura de siete habitaciones distribuidas como un laberinto de cristal, acero y mármol. Allí vivía Tommas, un niño de 12 años cuya energía era descrita por sus padres como «ingobernable». Tommas no solo ignoraba las reglas; las devoraba. Era un experto en el desdén, un maestro de la distracción digital que consideraba a cualquier adulto como un estorbo para su siguiente partida en línea.
El domingo 29 de octubre, el aire en Saint Paul se sentía inusualmente pesado, cargado de la humedad previa a una tormenta eléctrica. Los Richardson, ansiosos por asistir a una gala benéfica, recibieron a Jessy a las 8:00 pm.
—Es un caso difícil —le advirtió el Sr. Richardson, ajustándose la corbata frente al espejo del gran salón—. No suelta la tableta ni para cenar.
Jessy solo sonrió, una curva leve en sus labios que no llegaba a sus ojos claros.
—No se preocupen. A veces, solo se necesita la historia adecuada para que el mundo real deje de importar.
Una vez que el motor del coche de los padres se perdió en la distancia, el silencio de la mansión se volvió denso. Tommas estaba desplomado en el sofá de cuero italiano de la sala principal, la luz de su tableta iluminando su rostro con un tono fantasmal. Jessy se sentó frente a él, cruzando las piernas con una calma absoluta. No le pidió que guardara el dispositivo; simplemente comenzó a sacar objetos de su bolso de cuero desgastado.
—¿Sabes qué es lo malo de esos juegos, Tommas? —dijo ella con una voz suave, pero que cortaba el aire—. Que siempre tienen un final programado. Mis historias, en cambio… suelen cambiar según quién las lea.
Tommas no levantó la vista. Se limitó a resoplar y a levantarse hacia la cocina en busca de golosinas, caminando con esa indiferencia ensayada de quien se cree dueño de su entorno. Pero Jessy conocía el lenguaje de la ambición. Sabía que para atrapar a un pez que cree haberlo visto todo, necesitaba un cebo que no existiera en las tiendas.
Metió la mano en su bolso y extrajo un estuche que brilló bajo la lámpara de araña del techo. Era el videojuego que todo el mundo esperaba, una pieza de colección que no debería estar en manos de nadie todavía.
—¿Te interesa esto, Tommas? —preguntó ella, deslizando sobre la mesa de cristal una caja metálica: Silksong, Edición Especial.
—¿Quieres jugar a algo real, Tommas? ¿O prefieres seguir ignorándome mientras el regalo más grande de tu vida está sobre esta mesa?
El chico se congeló. El juego que nadie podía conseguir estaba allí. El trato fue simple: leer un cuento de un libro negro, de pasta dura y vieja, con un ojo tétrico que parecía seguirlo desde la portada y las siglas HHHS grabadas en oro en la esquina inferior derecha.
—El libro tiene historias incompletas —advirtió Jessy—. Tu imaginación debe terminarlas.
—Como sea —respondió Tommas, arrebatándole el libro.
Comenzó a leer sobre Beatriz, “La mercader de sombras”, pero pronto se aburrió. —Esto es tonto —dijo, cerrando el libro a medias—. Voy a cambiar la historia.
—Nunca dejes una historia inconclusa —sentenció Jessy con una seriedad que heló el aire.
—No te preocupes, asumo las consecuencias —replicó Tom, sin saber que acababa de firmar un contrato invisible.
En el instante en que Tommas intentó pasar la página, las luces de la mansión parpadearon y se tornaron de un color violeta pútrido. El sofá de cuero se sintió como carne fría. Tommas ya no estaba en su sala; la casa se había convertido en una versión distorsionada y oscura de sí misma. Las siete habitaciones eran ahora siete niveles de una pesadilla.
Una voz sibilante, el Ente Oscuro, emergió de las sombras del techo: «Si no terminas el relato, el relato te devorará a ti».
Para vencerlo y volver, el libro le dictó tres necesidades que Tommas, poseído por una adrenalina desconocida, comenzó a buscar frenéticamente por la casa transformada:
El Anillo de Jade: Corrió hacia el tocador del cuarto de invitados. Allí, entre baratijas, encontró un anillo de bisutería verde, de plástico barato. Sin embargo, al ponérselo, el objeto pulsó con un brillo esmeralda, otorgándole la visión necesaria para ver los hilos de sombra que el Ente usaba para atraparlo.
La Corona de Diamantes: Subió a la habitación principal. Sobre la cama yacía una tiara de uso ordinario, una reliquia de algún disfraz de su madre. Al colocarla sobre sus sienes, la habitación dejó de girar. La corona le dio el mando sobre el espacio, permitiéndole caminar por las paredes para esquivar las garras de la oscuridad.
La Espada de Empuñadura de Marfil: El Ente lo acorraló en el vestíbulo. Tommas vio una sombrilla para la lluvia apoyada en el rincón; tenía un mango de imitación de hueso. Al empuñarla, el paraguas se transformó en una hoja de acero blanco y letal. El marfil del mango se calentó en su mano, vibrando con el poder de mil historias antiguas.
Con un grito que mezclaba terror y triunfo, Tommas atravesó el corazón de sombra del Ente. El mundo estalló en un blanco cegador.
—… y así, el caballero desterró a la oscuridad —susurró Tommas.
De repente, el sonido de la puerta principal abriéndose lo sobresaltó. Eran sus padres. Al entrar a la sala, se quedaron petrificados. No vieron al niño rebelde pegado a la tablet; vieron a Tommas sentado rígidamente al lado de Jessy, con el libro abierto y los ojos encendidos por una chispa de locura creativa.
—¡Tommas! Estás… ¿leyendo? —exclamó su madre, conmovida.
Tommas bajó la vista al libro. Sus manos temblaban. Al pasar las hojas, sintió un vacío en el estómago: todas las páginas estaban en blanco. No había rastro de Beatriz, ni del Ente. Todo —el anillo, la corona, la espada— había sido un tejido de su propia mente, impulsado por la presencia de Jessy.
Esa noche, Tommas no recordó el videojuego prometido. Su mente estaba demasiado ocupada reconstruyendo los pasillos de aquella casa de sombras. Pero a la mañana siguiente, al despertar, encontró en su escritorio, junto a sus consolas apagadas, el estuche especial de Silksong.
Sin embargo, el juego permaneció precintado durante semanas. Tommas ya no quería finales programados por otros. Ahora, pasaba las tardes en la biblioteca de la ciudad o en los rincones más oscuros de su casa, escribiendo y leyendo historias donde el terror era el único camino hacia la libertad.
Jessy se había ido de Saint Paul días después, dejando tras de sí a una generación de niños que ya no miraban pantallas, sino que observaban fijamente las sombras, esperando el momento de terminar su propia historia.
