El desprestigio de la política
Javier Morlett Macho
La práctica política ha creado sus propios problemas y ellos son en gran parte ajenos a los problemas de la gente y la sociedad. Así los problemas de la sociedad y del hombre común no coinciden con los problemas de los de la política y de los políticos.
Los políticos se dedican principalmente a resolver problemas internos que ellos mismos crean en la lucha por el poder. La competencia por ser el brujo de la tribu ha llegado a ser más importante que la capacidad de curar. Se supone que la competencia política está al servicio del ciudadano y la sociedad, pero ella puede generar más problemas que los que resuelve y desviar el foco de atención hacia cuestiones secundarias.
Es como una fábrica que dedica más tiempo al mantenimiento de sus instalaciones que a la producción que justifica su existencia.
Esta cultura política primaria produce resultados pobres. Los problemas se acumulan y se repiten hasta formar parte del “paisaje social”. La ineficacia de la política produce así inevitablemente, el menosprecio de la gente por el político, la política y aún peor, por la democracia. Pareciera que la libertad es incompatible con la eficacia, y de allí surgen las tentaciones autoritarias.
Y mientras la democracia acumula los grandes problemas, no los procesa ni los enfrenta, el ciudadano se distancia de la política o abraza la alternativa de la violencia. La credibilidad del gobernante ante sus gobernados ha llegado a ser muy baja. Si bien en este deterioro siempre cuentan la falta de voluntad, la violación a la ética y los intereses encontrados, más allá de esos límites esta la incapacidad del estrato político superior para procesar” los problemas reales”.
Desde la “izquierda” hasta la “derecha” se gobierna sin método, a pulso. Con la misma seguridad que ciega al que “no sabe que no sabe”. Y eso parece natural, sin alternativas. Cuando los problemas se agravan, las declaraciones se hacen más radicales, pero las capacidades de gobierno permanecen constantes.
Valga la metáfora: El gobernante es un ciclista experimentado en paseos de terreno plano, que debe en estos días enfrentar una nueva carrera con fuertes pendientes, sujeta a una restricción de tiempo y montado en una bicicleta estacionaria de gimnasia, y como no sabe cómo modernizar su bicicleta, se acomoda a la ineficiencia del aparato público que comanda.
Pinta la bicicleta del color de su partido y le coloca un letrero que dice “bicicleta reformada”. Y como no sabe que no sabe, tampoco sabe escoger su equipo de gobierno y sus asesores. Cuando la situación se hace más crítica, pedalea más fuerte, y así pierde peso sin avanzar.
Las dirigencias políticas no reconocen su baja capacidad de gobierno y no aciertan sobre las causas de su desprestigio. Lo atribuyen exclusivamente a las deficiencias de comunicación. El consuelo es: “yo hago bien, pero comunico mal” y en su consuelo asignan fuertes cantidades de dinero a la comunicación social y asumen una postura populista.
A nadie se le ocurre que el origen está en la capacidad de gobierno como la causa principal del deterioro de la política. Todos se autocalifican de capaces, porque no saben que no saben y culpan al “otro” de incapaz. De este modo los competidores se acercan con sus propuestas, pero resulta que son semejantes, por sus incapacidades.
Se crea el círculo vicioso del desprestigio: la indiferencia política aumenta, la capacidad de gobierno no cambia, y el ciudadano responde con más indiferencia por la política. Es imperativa una revolución de la capacidad de gobierno y del estilo de hacer política.
