Expresiones

Dígalo sin miedo

Gaby Carmona Astudillo

Era cuestión de tiempo para que el escándalo explotara en el Club de Tobby y sus anexos, a cuyos integrantes la sonrisa se les borró de golpe pues pensaban que al amparo del poder que ejercía ese Club tenían impunidad para protegerse del brazo ejecutor del vecino país del Norte, el país de Tonny Bravo, pero se les borró la sonrisa y los recuerdos de sus acciones fuera de la Ley le cayeron en cascada olvidando que en política nada se olvida y mucho menos se borra.

El Club de Tobby tardó años en llegar al poder con el que siempre soñaron, pero en ese tiempo sus adversarios políticos fueron blanco de todo tipo de señalamientos, corruptos era lo más decente que les decían en tiempo de oposición. El presidente del Club de Tobby se dedicó a dividir al país, porque ellos no eran iguales, los corruptos eran otros.

Seis años bastaron para que el Club de Tobby se sirviera con la cuchara grande y muchos de esos integrantes, se veían dirigiendo el Club, por eso entraron en una tómbola y les llamaron Corcholatas —Lulú estaba en esa tómbola—.  No importaba el nombre despectivo que les pusieron sino ganar para llegar.

El Club fue un lugar prohibido para la pequeña Lulú; sus ojos grandes, su delgada figura, su cabello recogido que oculta su rizado cabello, la científica no tenía membresía para ingresar al Club de Tobby. Pese haberles ganado la partida, el Club estaba diseñado para los hombres y sus mujeres, todas entraban menos ella, Lulú no estaba a su nivel y en eso tenían razón, no eran iguales.

El desprecio fue público, evidente, cruel y misógino y en privado era la comidilla de todos ellos, y de ellas. Ah, porque de que las hay, las hay. A ella la negaron el saludo, le dieron la espalda y cuando apareció Mowgli, el primogénito, todos los chicos del club le rindieron pleitesía, lo aclamaron, lo hicieron el segundo de a bordo y lo metieron al Club.

Había llegado uno de los suyos, su salvador, y él pidió no ser llamado más Mowgli. El niño de la Selva salió a la civilización para enamorar a los del Club al que pertenecía su padre; a Mowgli lo vieron como su salvador, pese a tener una lápida sobre sus propios hombros, mientras a ella la ignoraron una y otra vez, sus propuestas de candidatos no pasaron y sus propuestas de iniciativa de Ley fueron rechazadas, modificadas otras a modo de ellos. Había que proteger a sus integrantes-

A Lulú la retan, la desprecian, no le toman seriedad porque se sienten con el derecho de hacerlo olvidando que, aunque delgada, ella es la Jefa Suprema no sólo del Club sino de todo el territorio, de esa Selva Salvaje que Gobierna.

La lista de los presuntos integrantes del Club que se vincularon con otros Clubes o Cárteles es larga. Ellas y ellos tomaron no solo la píldora sino también millones de billetes verdes o devaluados pesos. Los nuevos millonarios gozaban y siguen gozando del poder y del dinero, no les importó que sus nombres formaban parte de una larga lista que fue compuesta y cantada por su benefactor, esa misma lista fue entregada en el otro Club, el Tonny Bravo.

Los integrantes están escondidos. Sin Tobby a la cabeza ya no hay quien los proteja, todos están temblando, no tienen el apoyo de Lulú a la que han menospreciado y humillado.

Tanto Tobby como su Club están agazapados porque saben que el primero que asome la cabeza se la van a cortar, saben que si se mueven van a salir en todas las fotos, saben que si abren la boca todo lo que diga será usado en su contra, lo saben bien. Ese Club de Tobby, y Tobby mismo, son los que están petrificados. Y los rumores de muerte rondan al Club, se miran con desconfianza, nadie va a cantar, pero antes de que caigan todos van a Cantar como buenos Jilgueros antes de ser el preso número 9.

Lulú es menos emotiva, controla sus sentimientos y no dudará tantito en entregar a quienes se coludieron con lo más oscuro del otro poder, el de los Cárteles, el que les dio dinero a manos llenas, el que los encumbró, el que los llevó al poder que hoy tienen y gozan. Lulú sabe mejor que nadie la historia de cada uno de ellos casi como la palma de su mano.

Lulú se debate entre hacer historia y hacer lo correcto o en pasar a ser cómplice de aquellos que la han despreciado y le negaron el acceso al Club que hoy se desbarata, todos saben que una palabra suya bastará para salvarlos o será suficiente para mandarlos al vecino país del Tonny Bravo que los ha señalado. Lulú está entre la espada y la pared acuñando esa frase que dice, somos los mismos, pero no somos iguales. Y no, no son iguales.

Mientras ella intenta hacer lo correcto, los otros están escondidos, desesperadamente buscando a Susana, han salido a El Caribe en busca de ser salvados; esperan que Tobby obligue a Lulú a darles impunidad para demostrarle a ella y a quienes han cantado en el país de Tonny Bravo que Tobby sigue teniendo el control del Club.

La pequeña Lulú tiene un as bajo la manga y lo usará sin miedo y con valor; no dudará aplicar el dicho que reza “lealtad sí, sumisión jamás” porque ella misma tiene su propia historia, pero no tan sucia como la que tienen los integrantes del Club de Tobby que están petrificados de pisar la cárcel de Tonny Bravo, porque allá cantan o te pudres o te ponen en la silla eléctrica, Lulú los tiene en sus manos, es ella o ellos. Al tiempo.

Cualquier parecido con la realidad, es mera fantasía. Vale, veremos qué pasa.

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