Con balazos y canciones, dos borrachos se adueñan del zócalo
- * Acapulco vivía la última etapa del jet set e iniciaba la época Dorada
- * Un cantante y un periodista disparan balazos cerca del kiosko
- * “No me los toquen, déjenlos que se les termine el parque y la bebida”
Carlos Ortiz Moreno
A las cuatro de la mañana de aquella noche de noviembre del 73, el viejo teléfono Ericson de la comandancia de la policía judicial del Estado repicaba fuertemente y rompía la monotonía del silencio de esa velada calurosa que solamente era interrumpida por el vuelo y picadura de aquellos zancudos que atacaban impunemente a los policías de la guardia de prevención.
El mero comandante Urbano Luna estaba al pie del cañón en su oficina justo en esos momentos aciagos en la política de Guerrero. ¡Y cómo no eran aciagos si los grupos guerrilleros encabezados por Lucio Cabañas Barrientos y Genero Vázquez Rojas tenían la zozobra sembrada en la gente pudiente de aquel Acapulco! A diario se conocían sus comunicados que publicaban los diarios locales de la época como Prensa Libre, de Severiano “Chema” Gómez.
El viejo policía estaba a punto de irse a descansar a su casona de la colonia Morelos (su residencia ocupaba una cuadra entera en la colonia Morelos, antes de otorgarla bajo testamento a sus hijos quienes finalmente lo corrieron y no lo querían ni ver en los bienes inmuebles que obtuvo por su trabajo policiaco). Su sexto sentido le advertía algo. Dio la orden a uno de sus policías para que respondiera el teléfono y poder atender la llamada.
—Policía Judicial del Estado, a la orden…
Del otro lado de la línea, se escuchaba la voz nerviosa de un hombre…
—Vengan pronto al zócalo. Hay dos tipos borrachos haciendo disparos. Uno tiene una pistola y el otro una metralleta en la mano. Están acompañados de un mariachi que podrían estar en peligro… Los dos están muy briagos.
El policía, conocedor de aquel viejo adagio de no acudir a balaceras ni fugas de gas en momentos más peligrosos porque puede morir de un balazo o en plena explosión, intentó sacar más raja de la leña que les mandaban.
—A ver, dígame cómo son, cómo están vestidos, cuánta gente más lo acompaña…
El hombre aquel apenas tenía fuelle para hablar… por el miedo y por los nervios juntos…
—Son dos tipos. Uno es regordete con fachas de turista y el otro, el que tiene la metralleta en mano, es un tipo alto, parece que trae una camisa blanca de mangas largas… a ver, espérenme, creo que me están diciendo que es el dueño de un periódico…
—¿De qué periódico? ¿Eh?… ¿de Novedades? Está bien… Ahorita vamos para allá.
Nomás colgó el auricular, el viejo Urbano Luna preguntó de qué se trataba la llamada.
Y el policía de guardia se la soltó rauda y veloz:
—Dos tipos están bien borrachos, cerca del kiosco de la catedral tirando bala… uno es turista y dicen que el otro es dueño de un periódico.
—¿De qué periódico?
—Dicen que del periódico Novedades.
Los ojos del comandante casi se le chisparon. Y lanzó a gritos la orden a sus elementos de la guardia de prevención:
—Ni se acerquen. Ya tenemos suficientes problemas como para meternos en otro con el periódico Novedades. Mejor todos permanezcan atentos. A ver, comunícame con el jefe de la policía preventiva.
Y fue Urbano Luna quien le llamó al jefe de la policía preventiva de Acapulco para darle otras instrucciones:
—Mande, por favor, dos o tres de sus patrullas para que estén cerca. Quiero que cuiden a ese par de borrachos y que no causen problemas. No los detengan… y si tiran balazos… déjelos, están de fiesta…

Del otro lado de la línea, se alcanzó a escuchar:
—Sí, señor. A la orden.
Cerca del sitio donde estaba “el problema” fueron aparcados tres safaris que traían los distintivos de la Policía Preventiva de Acapulco.
Una se estacionó a la puerta del Banco de México, junto a la catedral. Otro más se aparcó frente el viejo Cine Salón Rojo. Otro más en la contraesquina en la tienda de ropa de playa Catalina.
Todos los policías no perdían detalle de lo que estaba ocurriendo en aquel viejo kiosko donde muchos años atrás Juan R. Escudero arengaba a la población a emanciparse del yugo político y buscar más la democracia real y no la fingida que solamente protegía a los ricachones de la época, la mayoría españoles.
No tenían ni radios para comunicarse entre sí, ni podían mandarse señal alguna. La única forma de saber cuándo intervenir era una señal que debería hacer el comandante policíaco levantando la mano y los lanzara contra los borrachos aquellos.
Pero eso nunca ocurrió.
La orden fue estricta y clara. Se cumplió al pie de la letra:
—Dejen que se acaben el parque, no me los toque nadie. ¿Que se está juntando más gente? Déjenlos disfrutar un momento de la velada.
Y Urbano se retiró a su casa. La suerte estaba echada.
Unos siete u ocho integrantes de un mariachi que había sido contratado en las afueras del Bar Tenampa, ubicado en las calles aledañas de la gasolinería La Modelo, acompañaban al par de escandalosos.
Guitarras, cornetas, violines y el contrabajo rodeaba aquella construcción redonda que había servido de bastión al ilustre Juan R. Escudero para llamar a oponerse a la dictadura que ejercían sobre los ciudadanos y que beneficiaba, exclusivamente, a los ricos especialmente a los comerciantes españoles que eran negreros con los acapulqueños.
Desde las once de la noche cuando llegaron los borrachos al sitio, se escuchaban canciones y más canciones. Poco a poco se fueron juntando acapulqueños que solían andar de madrugada en el primer cuadro de la ciudad acapulqueña.
Los mariachis y la balacera espantaron a zanates y golondrinas que dormían plácidamente en árboles y cables que estaban alrededor de la plaza.
Se podían ver como cinco a seis botellas. Una de Old Parr, el whiskey escocés, y las demás eran de tequila Sauza. La pequeña banca de aquel viejo kiosko redondo acapulqueño era el refugio de los dos hombres escandalosos.
Ese mismo kiosko, donde se desarrolló esta historia, sería derribado años después para construir uno más alejado de las puertas de la catedral de La Soledad. Se levantaría con material de granito que había sido donado tras una declaratoria de hermandad entre las ciudades de Tlaquepaque, Jalisco, y Acapulco.

El par de borrachos que tenían la balacera en el zócalo de Acapulco eran primos hermanos. Ambos eran originarios de Dolores Hidalgo, Guanajuato.
En las cuatro o cinco horas que duró la guarapeta, los policías con sus uniformes de color blanco y encerrados en sus Volkswagen Safari fueron los mudos testigos de los hechos y, además, los vigilantes de que nada les pasara a los dos personajes aquí descritos.
Uno de ellos se dedicó a componer canciones y cantar por todo el mundo. Le pidió a su pariente que quería venir a Acapulco en plan de incógnito, donde nadie lo conociera para disfrutar momentos de soledad.
Sabía que su destino estaba ya marcado y la Muerte lo esperaba ansiosa para llevárselo. Quería despedirse de su pariente y disfrutar, además, su bebida favorita: el whiskey Old Parr o el tequila Sauza.
El otro se dedicó al periodismo. Fundó periódicos aquí y allá. En Acapulco fundó Novedades de Acapulco, El Sol de Acapulco y Diario 17, los tres diarios impresos más importantes de la historia del periodismo de Acapulco y Guerrero, pésele a quien le pese.
Uno era el cantautor José Alfredo Jiménez Sandoval.
El otro era el periodista Mauro Jiménez Mora.
(continuará)
