Expresiones

El puente japonés de Acapulco que no se hizo

Carlos Ortiz Moreno

En un plan de crecimiento económico, con la apariencia de desarrollo regional, el gobierno de José López Portillo pretendió vender los terrenos de la zona naval de Icacos a un grupo de inversionistas hoteleros japoneses que quería hacer un emporio turístico en esa zona dorada de Acapulco.

En el sexenio anterior de Luis Echeverría Álvarez se había planeado el impulso de la actividad turística para lanzar a México al desarrollo mundial al crear la Secretaría de Turismo, una dependencia que sustituía al Departamento de Turismo que existía en el organigrama de los gobiernos federales anteriores como una oficinita cualquiera.

El plan inició en una de las visitas que hizo López Portillo a la isla de La Roqueta donde un grupo de empresarios y el secretario de turismo, Guillermo Rossel de la Lama, le plantearon el proyecto para contrarrestar el crecimiento de Cancún, impulsado directamente por la administración de Luis Echeverría Álvarez con una planeación urbanística que mejorara la infraestructura acapulqueña y superara su fama.

El decreto de creación de Cancún fue publicado el 10 de agosto de 1971 en el Diario Oficial de la Federación, pero los pioneros constructores iniciaron labores el 20 de abril de 1970.

Los empresarios nipones que se habían acercado al gobierno lopezportillista habían visualizado canalizar sus inversiones en el Pacífico Mexicano, contrario al canal de desarrollo turístico que había iniciado Echeverría Álvarez.

Para hacer más atractiva la inversión, los japoneses ofertaron construir un puente elevadizo que conectara Punta Brujas con el Cerro de Los Cañones de la península de Las Playas, en la zona del Acapulco Tradicional.

Jolopo tenía que contar con el apoyo y respaldo de las autoridades locales. El gobernador de Guerrero era Rubén Figueroa Figueroa y el presidente municipal de Acapulco era Febronio Díaz Figueroa. Sin embargo, en 1979, la Secretaría de Marina, a cargo del almirante Ricardo Cházaro Lara, designó al entonces vicealmirante Alfonso Argudín Alcaraz como comandante de la octava región naval.

Cuando conoció el proyecto, de inmediato, Argudín Alcaraz rechazó la idea. De manera absoluta no aceptaba que extranjeros fueran dueños de instalaciones militares navales. El choque con el gobernador Figueroa Figueroa no esperó. Aunque el propio Argudín Alcaraz en su libro “Del Acapulco que perdimos” asegura que nunca hubo un rompimiento entre ellos, la verdad era otra.

En el mismo libro, el excomandante de la zona naval narra que, con el acompañamiento del exdirector-gerente del periódico El Sol de Acapulco, Ricardo del Valle del Peral, realizó una serie de pláticas donde explicaba el por qué de su rechazo a la idea que consideraba antipatriótica.

Ante la ruptura de uno de los importantes mandos militares de Guerrero con el gobierno civil representado por Figueroa Figueroa, el presidente de la República culpó del desaguisado a su secretario de turismo por no haber socializado directamente la idea. En su lugar nombró a una mujer distinguida: Rosa Luz Alegría Escamilla con quien, se llegó a comentar en los corrillos políticos nacionales, tuvo amoríos.

Las diferencias en Guerrero, entre el gobernador y el comandante de la zona naval, no quedaron centradas en el rechazo y fracaso del proyecto turístico japonés.

Cuando llegó el momento de pensar en quién sustituiría al alcalde Febronio Díaz Figueroa, quien había sido compañero del secuestro de Rubén Figueroa por parte de la guerrilla encabezada por Lucio Cabañas Barrientos, el dedo presidencial provocó una jugada de poder.

Las fuerzas vivas, esto es, los matraqueros, los porristas y los gritones del PRI —el partido único en el poder en ese México de antaño— se dirigían al Cine Variedades de Acapulco para impulsar la carrera política de José Rubén Robles Catalán.

Desde la Ciudad de México, el presidente de la República había decidido que el candidato a presidente municipal de Acapulco tenía que ser Alfonso Argudín Alcaraz como premio a su férrea defensa del territorio militar. Los gritones, los matraqueros y los aplaudidores tuvieron que desplazarse hacia el Cine Salón Rojo, ubicado en el zócalo de Acapulco.

El gobernador Figueroa Figueroa, cada que podía, lanzaba epítetos contra la persona de Argudín Alcaraz que había sido ascendido al grado de almirante. Los periodistas de la época llevaban y traían esos calificativos de un lado para otro. Lo que decía Argudín Alcaraz se lo decían a Figueroa y viceversa.

Un día, cansado de ser blanco de burlas periodísticas, el alcalde arremetió a golpes contra el reportero Rosendo de la O Rendón quien, en su periódico El Dictamen dedicaba las ocho columnas con los decires de Figueroa Figueroa.

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