El ego entre nosotros
Baltasar Hernández Gómez

En el ámbito de la psicología el ego es el yo suplantado que emplea mecanismos de defensa los cuales, en condiciones normales, contribuyen a preservar el equilibrio emocional frente a situaciones de estrés o amenaza.
Sin embargo, cuando las tribulaciones predominan de manera persistente —como la negación—, la proyección destructiva hacia el interior de las personas y su exterioridad, pueden distorsionar la percepción de la realidad.
Los estudios sobre regulación psicológica destacan que el bienestar integral no depende de la falaz eliminación del ego, sino de poseer la capacidad de observar los pensamientos y emociones sin identificarse completamente con ellos, favoreciendo respuestas más conscientes, adaptativas y congruentes con los valores personales sin querer adecuar la realidad a modo.
Desde la perspectiva de algunas tradiciones filosóficas se puntualiza que el ego aumenta presencia a través de la identificación exclusiva con los logros, las posesiones, el prestigio social o las creencias acerca de quién se cree que es.
Dicha situación suele generar una percepción de separación y alimenta el miedo a la pérdida, la comparación constante y la dependencia al reconocimiento.
En contrasentido, la práctica sistemática de la observancia propia favorece el desarrollo de una conciencia más amplia, caracterizada por una mayor apertura, humildad y honestidad para reconocer la interdependencia entre las personas sin renunciar a la individualidad.
La integración entre psicología y espiritualidad propone una comprensión equilibrada del ego: no se trata de combatirlo ni de idealizar su desaparición, sino de situarlo al servicio del desarrollo humano integral.
Un ego identificado permite una acción más libre, responsable y resiliente, que permite vivir sin estragos físicos y emocionales. Al mismo tiempo, una conciencia madura promueve relaciones empáticas, decisiones éticamente fundamentadas y un sentido de vida que trasciende el interés exclusivamente individual.

Con esta panorámica, el desarrollo humano implica el fortalecimiento de una identidad saludable mientras se cultive una actitud de apertura, autoconocimiento y trascendencia orientada al bienestar personal y colectivo.
Ahora bien, en el mundo de la vida, como acuñó Jürgen Habermas, un gran número de personas traen consigo al ego como compañía molesta, porque es la parte visible de lo que supuestamente creemos ser, con base en una serie estructurada de cánones sociales, que se han aprendido —y que se siguen incorporando— en casa, trabajo, escuela y en todas las interacciones públicas y privadas.
Por tanto, el ego, que es el simbolismo del yo forjado desde estereotipos, ideologías, normatividades y costumbres, no se extermina por completo hasta que se alcanza un actuar consciente en el día a día.
Y mientras no se llegue a este nivel, el ego tendrá que ser controlado por nosotros mismos: no con represión, sino con el reconocimiento de que está presente, asumiendo que con un descuido puede trastocar la paz y la integración, cayendo en extremismos.
Para controlar/dominar al ego es necesario estar en el amor con uno mismo, con todos y con todo… Estar en equilibrio y compartimiento y no entrar en conflictos por admitir culpabilidades e inmerecimientos falsos.
En la imagen que hoy comparto con todo aprecio, viene muy bien explicado un proceso sugerido para el sano control del ego.
Espero que este mensaje y la imagen que lo acompaña sean significativos y útiles para todos.
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El presente escrito de mi autoría es una exposición de reflexiones que tienen la finalidad de divulgar ideas y experiencias de vida adquiridas y desarrolladas en los ámbitos individual, social y profesional.
Su objetivo es comunicar planteamientos propios sin ninguna pretensión de impulsar condicionamientos ideológicos, políticos, culturales o religiosos.
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Afectuosamente.
Baltasar Hernández Gómez.
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