Patrulla de papel
Enrique Castillo González
- Gabriel García Márquez frente al Ejército Mexicano
Datos duros dicen: el periodista colombiano llega al Distrito Federal en el año de 1961; «él decidió dejar Nueva York movido por la sensación de rechazo nacida ese luego de sus notas donde hace apología del triunfo de los barbudos sobre la dictadura de Batista» —el recibimiento a Fidel y al Ché Guevara en la plaza de La Habana fue apoteósico— escribió Gabriel en su artículo desarrollado durante su quehacer de reportero colombiano y, como lo digo en el renglón 2, Gabriel sale de la Gran Manzana y, con Mercedes y su bebé (Rodrigo), vuela hasta la Ciudad de México más conocida entonces como «el Distrito Federal».
Yo lo(s) conocí en 1966, recuerdo bien. Tras haber llamado a la puerta, una gran puerta de lámina perfectamente blanca, salió él. En cuanto enganchamos las miradas (él con la mía, yo con la suya) le pregunté ¿está Rodrigo?; en respuesta el papá de mi amiguito extendió brazo y por añadidura mano izquierda y con ese gesto me dijo «pásale, adelante, bienvenido, los amiguitos de mis hijos son bien recibidos». ¿Debo escribir cuantos años tenía yo?… si es así yo tenía 7 años, seguramente mi amigo de dulce acento por esos años andaba en los 6; había otro niño, ese, hermanito de Gonzalo, tenía 4 o cinco años, se llamaba Diego, aunque para todos era «el nene».
La casa. Para esos años la calle «La Loma», localizada dentro del «fraccionamiento» Lomas de San Ángel Inn, era la última calle pavimentada dentro de la ciudad de México. Hay quien le da ese grado a la «Salvatierra» más, como a esa ya la bordeaban complejos de paracaidistas («») fue «la loma», la vía pavimentada última del Distrito Federal, obvio, estoy refiriéndome a la zona del sur, dentro de la entonces delegación Álvaro Obregón.
En la parte oriente del fraccionamiento había bosques rayoneados por barrancas por donde cruzaban delgados ríos; ahí estaba el majestuoso «Panteón Jardín», camposanto donde, desde 1957, reposan los restos de Pedro Infante seguramente codeándose con otros famosos fantasmas.
Aunque ya tendremos oportunidad de escribir de «la casa» de mis amigos Rodrigo y Gonzalo, siento útil para esta narración dejar sabido esto…
Bajando la loma, y acá hablo de la parte alta del terreno, así como de la nomenclatura de la calle, llegando a la calle «Ferrocarril de Cuernavaca» donde paralela a ésta descansaban sendas vías del tren por donde pasaba el ferrocarril, Gabriel, esposo de Mercedes y padre de Diego y Gonzalo, todos los días caminaba casi 600 metros para llegar a su trabajo. Gabriel García Márquez funcionaba, y no sobra decirlo, como «guionista y adaptador» para la producción mexicana de «Pedro Páramo» obra literaria construida por Juan Rulfo.
En su rutinario andar el escritor colombiano encontraba en su camino fresnos muy jóvenes, eucaliptos de casi la misma edad y, el trinar de mirlos de primavera y/o pinzones mexicanos, ahora.
Sin tener lugar a dudas en esas mañanas, durante los 10 minutos caminados de la puerta de su casa a la puerta trasera de los Estudios San Ángel el escritor imaginaba temas y circunstancias buscando ideas para la novela viva ya entre la mecánica de su máquina Olivetti y las hojas blancas aprisionadas en el rodillo de esa, es decir.
Ahora es bien sabido, la novela «100 años de soledad» fue escrita dentro de la casa rentada por la familia García Barcha. Sí, en la calle de La Loma #19, historia hecha pública el mes uno de 1967. Continúo.
Va lo siguiente, comenzando a proyectar este escrito ya con el realismo mágico como herramienta, debo darle a esta historia un enfoque diferente. Alguna vez, al salir por esa puerta blanca, Gabriel vio a los capitanes Luis Pérez Zarzosa y Rubén Darío Castillo Ferrera, o, ya más abajo de aquella loma al mayor Juan Arévalo Gardoqui, e incluso, si en algotra ocasión el colombiano en lugar de bajar subía, pudo haberse encontrado ahí con el capitán, este de Marina, Gandhi Silli Morando.
Acá busco formar la idea de «Gabriel» escritor creativo quien, mientras caminaba por las calles de San Ángel Inn rumbo a los estudios de cine, llevaba redes con cientos de palabras atrapadas para sembrarlas en su adaptación el «Pedro Páramo», obra insigne del patrón Rulfo. Si las ideas servían, también para enriquecer su naciente historia del pueblo de Macondo, como haya sido, a Gabriel le faltaban calles para alimentar la panza de sus ideas.
Y van otras… Casi puedo asegurar, ello tras haber leído tres veces su novela, esas cortas caminatas de la Loma 19 a la puerta de atrás de los estudios San Ángel fueron convertidas en una suerte de hoja, sobre esa el cuentista colombiano esculpía su obra o ¿debo decir preparaba sus brebajes buscando convertir las rocas sueltas de sus pensamientos en escaleras de plata?
Sea entonces; renglones brujos en la atmósfera del novelista sudamericano; cientos de dibujos volando, talvez flotando, ellos sobre el rulado cabello negro de nuestro Gabriel, y quiero imaginar…
¿Será una sana línea de ideas (para explicar la inspiración de Gabriel) imaginar la presencia del militar mexicano, su vecino, convertido en Aureliano Buendía? Sí, el hijo de José Antonio Buendía y Úrsula Iguarán, aquel coronel nacido en Macondo director de decenas de guerras. Otra. ¿Existe la posibilidad de transportar a los duros oficiales del Estado Mayor del presidente López Mateos para tornarlos en los personajes recios de la novela surrealista retenida aún en la pequeña Olivetti acomodada sobre el escritorio en su cuarto? Y, voy más lejos.
Mercedes, la Mercedes de Gabriel, cruzaba la calle (de la Loma) y además de conversar con sus vecinas, dícese alcanzó a formar amistad con Silvia del Peral, esposa de «Zarzosa», la bonita coahuilense enseñó a la guapa colombiana secretos del sazón mexicano y, seguramente entre ires y venires del menos sal y ajo al gusto, la sudamericana comentaba después con Gabriel, su Gabriel, las sabrosas conversaciones con la vecina. Entonces, mientras el novelista atacaba la hoja con firmes martillazos de su máquina de escribir, ¿la personalidad de la esposa del capitán, su vecino, pudo ser tomada para inventar a Úrsula Iguarán? la cosa está en el enorme espacio dado ese por el realismo mágico.
Sigo en mi red de ideas. Acá los datos duros, es decir la información perfectamente comprobable, nos dicen esto: Gabriel García Márquez sí, afirmativo, fue vecino de los militares mexicanos egresados ellos del Colegio Militar y dos oficiales Navales, alguna vez cadetes, de la Escuela Naval Antón Lizardo. Acerca de las pláticas entre las «familias militares mexicanas» con Mercedes, quiero creer, Mercedes, madre de Rodrigo y Gonzalo, sí, afirmativo, cruzaba la calle o recibía en su cocina a aquellas señoras esposas de los capitanes y madres de los simpáticos amiguitos de sus hijos, ahora, van algunos datos mágicos.
Como a una cuadra de la calle (La Loma), hacia la parte oriente, iniciaba el bosque; más arriba, sobre un estrecho camino había conventos y seminarios católicos y, para reforzar mi dicho les comento, hoy 61 años después esa avenida lleva la nomenclatura «Olivar de los padres»; bueno, pues para los años de mi historia, por esos bosques llegaban caravanas de húngaros (¿gitanos?) quienes, en ciertas ocasiones, levantaban la feria y algunas de sus mujeres hasta leían las manos y en algotras, dentro de misteriosas carpas, ofertaban el «entrar a conocer a la mujer araña»; de esa (mujer) recuerdo, al verla, dentro de una gran caja de cristal ella dijo …»por una maldición de mis padres…» y eso es lo único que recuerdo.
Es decir, ¿quién me desmiente si comento?… mientras Gabriel escribía… Melquiades bajó por la loma (sic) arrastrando un enorme imán o podría haber imaginado ¿el capitán Rubén Darío en realidad es Aureliano Buendía y, entre guerra y guerra viene a su casa de la Loma #12?… ¿ah, verdad?
Aunque hay más asuntos, sin duda inmersos en ciertas magias… la novela «Cien años de soledad» escrita en su totalidad dentro de la casa de Loma 19, ello en una pequeña máquina portátil de escribir (Olivetti), se publicó el 1 de enero del año 1967. Y, va más surrealidad, ese es el año donde por primera y única vez nevó en la Ciudad de México, y no hablo de las anuales lluvias nieves del Desierto de los Leones o del Ajusco, acá, calló nieve hasta en Paseo de la Reforma. y sigo con mi trompeada historia, quiero decir, van algotros párrafos más.
15 años después de publicada la novela «Cien años de soledad» (aunque pudieron haber sido 20) y ya Gabriel tenedor del Nobel de Literatura, en «la casa» se colocó una placa dorada (70×50) y con un elegante marco de bronce, en esa se leía, casi lacónicamente, en esta casa se escribió la novela Cien Años de Soledad. Dicen, quienes ahí estuvieron Jacobo Zabludovsky y su esposa Sarita, Mercedes y Gabriel, tal vez Rodrigo y Gonzalo, y si, claro, cámaras y micrófonos de Televisa… Ahora, esos, los testigos no vieron. El elegante Petro Crespi, a Amaranta Buendía, a Rebeca Montiel, a Melquiades y 3 gitanos más. Y para aumentar la sutil atmósfera de ese realismo mágico, lean ustedes, mis felices 12 lectores (saludos Andrea R.).
10 días después de haber sido puesta la mencionada placa conmemorativa esa desapareció. Sí, el muro estaba solo con las cicatrices (sic) de los tornillos arrancados, los gentiles dicen que vándalos de «Transmisiones» (nombre del barrio bravo más cercano) la arrancaron. Yo tengo información, resulta que… José Antonio Buendía necesitaba oro pa’ fabricar sus figuritas. Es cuento.
Último patrullaje.- No sobra decir, en estos días de reflexión es bueno pensar —vienen tiempos de dominio de los sectarios sobre la razón pura— , leo el más reciente libro (¿libro?) del Presidente (¿?) y, hasta este momento de mi lectura, estoy leyendo el lanzamiento de una nueva doctrina religiosa… sí, lo leyó usted bien.
Balazo al aire.- Baruj hashem.
Greguería.- Cada quien con sus mercedes.
Oxímoron. La montaña más enterrada.
Haiku.- De tus rizos penderán
todos mis sueños,
divino mirlo, linda.
