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Memorias de reportero

Carlos Ortiz Moreno

En 1987, en una jugarreta política para calmar las aguas internas de su partido el Revolucionario Institucional, José Francisco Ruiz Massieu develó la estatua del general Lázaro Cárdenas del Río en el entronque de la carretera México Acapulco y la carretera Acapulco-Pinotepa Nacional, exactamente en el nudo vial de Las Cruces a la entrada de Acapulco. No existía ni puente ni túnel en el cerro. Era el Acapulco de finales de los ochenta.

La ceremonia de develación del monumento del expresidente de la República se había programado para las seis de una tarde calurosa del mes de octubre. La tardanza en la llegada del hijo de Tata Lázaro era evidente. Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, exgobernador de Michoacán, era el invitado principal del acto que encabezaría el malogrado acapulqueño.

Ruiz Massieu había tomado posesión el 1 de abril de 1987 luego de que concluyera el sexenio del chilpancingueño (hoy se les denomina chilpancinguense) Alejandro Cervantes Delgado a quien, por cierto, le gustaba que le pusieran en todos los boletines que era profesor y licenciado, además de gobernador de Guerrero.

Y casi todos los periódicos que en esa época se imprimían en Acapulco —un poco más de ¡23 diarios!— cumplían al pie de la letra el mandato de la jefatura de prensa del gobierno del Estado a cambio del convenio económico de publicidad. Nadie sudaba ni se acongojaba por “revolcar” los textos gubernamentales… como actualmente sigue sucediendo.

La tarde caía sobre el Acapulco suburbano y los integrantes de las bandas del chile frito ya no querían soplar. Los músicos llevaban más de una hora dando golpes a la tambora y soplando sus instrumentos de viento. El sitio donde se colocó la estatua, muchos años después, fue destruido para construir el puente de enlace con la obra que realizó la constructora ICA: el maxitúnel.

Una caravana de camionetas Suburban, provenientes de la vialidad que enlaza la región de la Costa Chica con las vías que conducen al hoy bulevar de Las Naciones y el aeropuerto internacional de Acapulco “Juan Álvarez”, se acercó hacia el lugar donde el contador Israel Soberanis Nogueda, presidente municipal de Acapulco, se movió rápido para iniciar el evento.

De los vehículos se bajaron el gobernador José Francisco Ruiz Massieu y el exgobernador michoacano Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. La gente se arremolinó en torno a ambos personajes y era evidente que el Jefe del Poder Ejecutivo de Guerrero quería que todo sucediera rápidamente.

La develación de la estatua fue, al mismo tiempo, un esfuerzo del gobierno ruizmassieuista para poner en el enfoque turístico al puerto de Acapulco con una figura emblemática de la historia de México. Bastaba recordar que el monumento más sorprendente en todo el país en honor al general Lázaro Cárdenas está en Guerrero, en la región de Tierra Caliente.

Se trata de una enorme roca tallada con la cara de Tata Lázaro, obra del escultor Federico Canessi iniciada en 1974 y concluida tres años después, de 25 metros de altura y 386 toneladas de peso ubicada a la orilla de la carretera federal Iguala-Ciudad Altamirano, específicamente en el kilómetro 151 en la comunidad denominada Colonia Juárez. entre Tlapehuala y El Coacoyul, la zona terracalentana de Guerrero.

Tres o cuatro oradores tenían que hacer uso de la palabra y evidenciar que el general Cárdenas era el héroe que había que reconocerse de aquel México histórico.

Mientras Cuauhtémoc Cárdenas escuchaba los mensajes públicos, el entonces líder estatal del PRI en Guerrero, Rubén Figueroa Alcocer, se le acercó al gobernador Ruiz Massieu para entregarle un papel en mano propia que leyó y casi al instante, la pluma BIC que siempre llevaba en la casaca tipo sastre, emitió una orden que había que cumplirse.

Figueroa Alcocer la leyó y fue directo con Juan Carlos Hinojosa Luelmo quien era el coordinador de la información institucional del gobierno. Cualquiera podría decir que era el director general de comunicación social, pero el propio gobernador en una reunión privada con diversos periodistas, representantes de medios nacionales principalmente, les había dejado en claro algo:

—El jefe de prensa del gobierno soy yo. Punto.

Y mientras el show de los discursos seguía su ritmo en la develación del monumento, Hinojosa Luelmo y Carlos Carrillo Santillán intercambiaban palabras con los corresponsales nacionales como Enrique Díaz Clavel, de Excélsior; Andrés Bustos Fuentes, de La Prensa; Rodrigo Huerta Pegueros, de Unomásuno y con Celso Ruiz, de Televisa.

Otro momento periodístico que se vivió en el evento fue la participación del representante de la clase obrera en Guerrero; Filiberto Vigueras Lázaro, quien era el dirigente de la famosísima Federación de Trabajadores del Estado de Guerrero, filial de la Confederación de Trabajadores de México que encabeza el sempiterno Fidel Velázquez Sánchez.

Ya habían participado Miguel Terrazas Sánchez, por el sector campesino y Efrén Leyva Acevedo, por la Confederación Nacional de Organizaciones Populares (CNOP).

Vigueras Lázaro pertenecía a un grupo de políticos guerrerenses a los que José Francisco les había bautizado con el mote de “Los Fordcitos”, autos viejos, pero aguantadores para la friega. Empero, las nuevas tecnologías y los nuevos conductores estaban ávidos del cambio de chasises para imprimirle más velocidad a sus vehículos.

Pese a que había recibido la indicación de que apurara la perorata para que regresara a tiempo el hijo de Tata Lázaro, el dirigente cetemista hizo caso omiso.

—Ya me dijeron que me apure, pero la historia de Lázaro Cárdenas del Río no tiene que ser minimizada por nadie ni por nada. Si quieren que no hable, no hablo. Estoy aquí para recordar la grandeza de Lázaro Cárdenas y sus históricos hechos durante su mandato, espetó el líder obrero.

Y se aventó un discurso que duró poco más de diez minutos… hasta que le apagaron el micrófono. Hubo jaloneos entre los funcionarios estatales y algunos dirigentes que siempre acompañaban a Vigueras. La cosa se controló cuando Ruiz Massieu tomó otro micrófono y dijo que solamente iba a agradecer la presencia de Cuauhtémoc al evento.

Argumentó que era tarde y recordó que el exgobernador michoacano tenía cosas que hacer en el entonces Distrito Federal en donde lo estaban esperando de manera urgente.

Días atrás, Cárdenas Solórzano, Porfirio Muñoz Ledo, expresidente del PRI nacional; Ifigenia Martínez o Ifigenia Martha Martínez y Hernández, así como el embajador Rodolfo González Guevara, entre otros, habían formado un grupo interno en el tricolor llamado Corriente Democrática, caracterizada como una línea interna progresista.

La principal demanda de la Corriente al presidente del PRI en turno, Jorge de la Vega Domínguez, era que se estipularan claramente las reglas que normarían la designación del candidato presidencial del tricolor en 1987, un proceso que hasta entonces se había mantenido bajo la absoluta voluntad del presidente de la República en turno.

La Corriente Democrática buscaba el retorno del PRI a los principios nacionalistas y socialdemócratas que había abandonado, al adoptar el neoliberalismo y otras posiciones antagónicas a la ideología «izquierdista», que había acompañado la política social del partido durante toda su historia. Las reglas nunca se estipularon de manera clara.

Ese mismo día de la develación de la estatua, una tarde-noche del 4 de octubre de 1987, el entonces secretario de Programación y Presupuesto del gobierno federal, Carlos Salinas de Gortari, fue elegido por el presidente Miguel de la Madrid Hurtado. La noticia la dieron a conocer el propio De la Vega Domínguez y Manuel Camacho Solís, secretario general adjunto del PRI.

Ese seguramente fue el mensaje que le dio Rubén Figueroa Alcocer a Ruiz Massieu: Salinas, su excuñado iba a ser designado candidato presidencial. Por eso la apuranza.

Seguramente Cárdenas Solórzano también recibió el mensaje de sus allegados porque solamente agradeció la develación del monumento. Se despidió de mano de Ruiz Massieu y se subió a una de las camionetas que lo llevaría de regreso al Distrito Federal, hoy Ciudad de México.

Lo que vino después fue la consecuencia cuando la Corriente Democrática inició primero una serie de movilizaciones en la capital del país con la «Marcha de las cien horas») y luego a escala nacional que terminaron en la ruptura de este grupo con el PRI.

Nadie de los corresponsales nacionales que casi siempre tenían manga ancha para iniciar entrevistas se movió para hacerle preguntas a Cuauhtémoc Cárdenas.

La otra orden era más tácita:

Cero publicaciones del evento que había encabezado Ruiz Massieu en Las Cruces en Acapulco. Cero difusión de la develación de la estatua y mucho menos la publicación de fotografías con el aguerrido de Cárdenas Solórzano que se quitaba la máscara para combatir al PRI y a su candidato presidencial.

Juan Carlos Hinojosa Luelmo me dijo que si contaba con mi apoyo para no hacer la nota. Mi respuesta fue tácita: mi director era Ricardo del Valle del Peral y él tendría que decirme qué hacer.

No daba crédito a lo que le acababa de responder. Dio la media vuelta y se fue en la camioneta con el entonces gobernador que también viajaba hacia el D.F.

Cuando llegué a la redacción de El Sol de Acapulco, de inmediato me llamó Del Valle. Le conté lo que había pasado, con lujos de detalles. Vi su mirada de perversión periodística con lo que tenía en sus manos y me dijo que iniciara la nota tal y como se la había narrado.

Mientras redactaba, Elizabeth Cambrón, secretaria de la Dirección-Gerencia, recibió una llamada del alto mando de la Organización Editorial Mexicana. De inmediato, le pasó la llamada a Del Valle. Nomás me hizo señas del saludo militar con la mano en la frente.

Creo que Mario Vázquez Raña hablaba con el director. Y entonces, cuando ya casi terminaba mi nota, me dijo que le parara. No se publicó ni una sola línea, pero no recuerdo qué pasó con las fotografías.

Al día siguiente, uno de los reporteros que cubría la fuente obrera, Manuel Velasco Cruz, llevaba una declaración del dirigente obrero en Guerrero. Palabras más, palabras menos, Filiberto Vigueras Lázaro definía a la “nueva política” que enarbolaba el entonces gobernador como una auténtica jalada.

Vigueras Lázaro se sentía ampliamente protegido por el eterno dirigente cetemista a nivel nacional, Fidel Velázquez Sánchez, quien también buscaba influir en el siguiente candidato presidencial.

Ese fue el inicio de muchas guerras políticas internas del priismo. Uno rompió relaciones con el tricolor, otro se quiso oponer al poder del presidencialismo federal y mejor se quedó mudo durante dos o tres años. Sin duda alguna, una historia pendiente de narrar.

El conflicto más regional se hizo cuando también se osó menospreciar el poder del gobernador de Guerrero que, pasadas las elecciones de 1988, tuvo un dominio casi imposible de romper cuando Salinas de Gortari llegó a la Presidencia de la República.

Vigueras Lázaro sacó las espadas que creyó tener para pelear con el “chaparrito endemoniado”. Perdió todas las batallas… y el ganón fue otro.

Pero esa es otra historia…

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