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José Francisco Ruiz Massieu espera justicia

Carlos Ortiz Moreno

Seguro que hoy los que quedan de la familia Ruiz Massieu, con su de por sí trágica historia íntima, evocaron nuevamente con dolor el asesinato de José Francisco.

Nadie más que su familia y los amigos auténticos que cosechó en su vida personal deberían lamentarlo porque en la política ese tipo de dolor se medra con la pose fotográfica, el depósito de flores en monumentos y discursos vacuos. Pero la neta es que no lo sienten.

Su crimen, hay que subrayarlo, fue la continuidad de la tragicomedia de la política mexicana, especialmente la priista, que despuntaba con irse a picota. Meses antes, de ese mismo fatídico año para los tricolores, habían asesinado nada más ni nada menos que al candidato presidencial Luis Donaldo Colosio Murrieta.

De aquel asesinato, calificado por la turba mediática como magnicidio, el propio José Francisco había advertido la pudrición de los cimientos del único poder político que había en el México de hace 30 años. Repetidos gritos fueron sus gritos de “o cambiamos o nos cambian” … y nadie cambió.

La frase aquella del acapulqueño con que concluyó su colaboración periodística al diario La Jornada de México para honrar la memoria del Colosio asesinado fue lapidaria:

«Pobre Donaldo, pobre de mí, pobres de nosotros y pobres de todos nosotros».

Seis meses después, un día como hoy exactamente, los mexicanos estaban padeciendo la segunda parte del terror ordenado desde la política.

El periodista Ramón Márquez Carbajal, reportero de deportes y excelente jugador de las palabras bien construidas en lectura, reconstruyó el crimen en una joya del periodismo policiaco. De él son los siguientes párrafos:

28 de septiembre

9:15 horas.

Camina de prisa Ruiz Massieu hacia su cita con la muerte.

A tranco veloz le acompaña un pequeño grupo: Mariano Palacios, Natividad González Parás y Alfredo Morales. En el elevador se topan con un agitado Heriberto Galindo, a quien Ruiz Massieu y Palacios hacen víctima de la broma: “¡Llegaste tarde!… Te estuvimos esperando porque hay cosas importantes que platicar… Como no llegaste, tuvimos que nombrar coordinadora a Rosario Guerra”. Ofrece disculpas Galindo y, como González Parás, pide a Ruiz Massieu unos momentos para conversar. Dice el líder al segundo: “Tengo prisa. Voy al IFE. Ve como a las 12 y allí hablamos”. Y a Heriberto: “Vente conmigo en el coche”.

En el amplio vestíbulo de la FNOC, de enormes mosaicos de mármol color crema, se producen los encuentros casuales, las charlas al paso, los apretones de mano. Se forman numerosos grupúsculos. Por fin dice Ruiz Massieu a Mariano Palacios: “Ya, ya aquí nos despedimos. Regresa a atender a tus demás invitados”.

Se abrazan afectuosamente en el adiós…

Ruiz Massieu no deja de hablar, de dar indicaciones mientras camina con los futuros diputados Carlos Reta, Ana María Licona y Roberto Ortega Lomelí —subsecretario del CEN del partido—, a quien pide le acompañe en su auto, con Heriberto Galindo.

Cruza la calle el secretario priista. No puede darse cuenta de que, frente al edificio del FNOC, un sujeto vestido con jeans y tenis hace una discreta seña a otro que viste en forma similar a la suya, quien finge leer el periódico y que asiente con ligero movimiento de cabeza; “es él”, se dicen con la mirada. En breves instantes, el segundo de ellos ingresará a la historia nacional como un magnicida. Ruiz Massieu decide conducir su automóvil y ordena al chofer Juan Cabrera: “Maneja el coche de Roberto”. Pasa por la parte trasera del Buick Century plateado, abre la portezuela del conductor y se quita el saco. Está de espaldas al hombre que le quitará la vida. Antes de subir al automóvil, indica a Heriberto que ocupe el asiento del copiloto. Ortega Lomelí viajará en la parte trasera.

La secretaria Isabel Plancarte observa que en el boleto del estacionamiento donde dejó su vehículo, el reloj checador inscribe: 9:28. Sale del estacionamiento y camina por la calle de Lafragua.

Todo sucede entonces vertiginosamente…

Ruiz Massieu coloca en drive la transmisión automática y hace girar hacia la derecha el volante. Acelera ligeramente para que se aproximen los autos de Ortega Lomelí y de su cuerpo de seguridad. Tiempo suficiente para que el cazador furtivo abandone su escondite. Aguilar Treviño atraviesa el camellón, arroja al piso el Ovaciones y apunta la subametralladora Intratec a la cabeza de Ruiz Massieu, a la cabeza del hombre que hace de su seguridad una doctrina que lo lleva hasta la prepotencia. Dicen que después de Ernesto Zedillo es el hombre más protegido del partido en el poder. Ahora está aquí, paradójicamente rodeado de agentes e indefenso ante la muerte. Las ventanas están cerradas, pero Aguilar Treviño sabe que el auto no es blindado, que la bala no rebotará hacia él, y por eso dispara…

Se escucha el sonido seco, estridente.

La bala es expansiva, de punta de plomo. Su efecto comienza en el primer impacto, que es contra el cristal: abre un boquete y va directo contra la parte izquierda del cuello del político. El disparo produce gases que impiden una nueva detonación, pero la herida es mortal. Brota la sangre a borbotones y alcanza los discos compactos de Lucha Villa, Rocío Dúrcal y Marco Antonio Muñiz, que están en el asiento trasero. El cuerpo de Ruiz Massieu se inclina hacia su derecha; Heriberto Galindo y Ortega Lomelí observan, aterrorizados aún, la sorpresa en la expresión de Aguilar Treviño. La trampa se ha cerrado también para él: no podrá hacer más disparos a pesar de que desesperadamente tira del gatillo, porque su arma está trabada. Entonces decide huir y corre hacia Reforma… Comienza una nueva cacería. Detrás del sicario corren los agentes pistola en mano; gritan, exigen que alguien detenga al criminal.

La secretaria Isabel Plancarte avanza hacia su oficina, y a sus pies cae el arma que escapa de las manos del homicida, en cuyo rostro ve el terror; amenazan con explotar las venas en su cuello.

El Buick Century, en cuyo interior agoniza un hombre, se desplaza lentamente en diagonal hasta estrellarse contra un taxi turístico. Hacia él corre todo mundo. Aguilar Treviño es detenido por el policía bancario José Rodríguez Moreno, quien lo encañona con un rifle M-1 frente a la sucursal de Banca Cremi en Reforma y Lafragua. Dos paramédicos dan respiración de boca a boca a Ruiz Massieu y la doctora y futura legisladora Ana María Licona le desabotona el cuello de la camisa, le afloja la corbata color vino con motitas blancas y le golpea el corazón…

Todo es inútil. Si bien puede decirse que Ruiz Massieu vive, neurológicamente puede decirse que ha muerto. Las probabilidades de sobrevivencia son del uno por ciento. La hemorragia tiñe de rojo la blanca camisa; no hay signos vitales, el pulso se desvanece… Se extingue la vida de este hombre que tiene los ojos abiertos. Si la bala que penetró en su cuerpo hubiese sido normal, habría atravesado el cuello y penetrado en el pulmón, pero tal vez no estaría en peligro su vida. Ésta lo mató al instante. En su trayectoria por el cuello, la bala expansiva seccionó arterias y venas vitales en el organismo: rompió la carótida, la yugular y la subclavia, lo que produjo una intensa hemorragia… Después lastimó la arteria aorta y la vena cava. A cada latido del corazón fueron vertidas importantes cantidades de sangre al tórax, impidiendo la función de pulmones y bronquios. Por eso la respiración era cada vez más difícil y se sucedían los estertores en aquel cuerpo exánime; estertores: reflejos de broncoaspiración —respiración con sangre en los bronquios—, mientras el corazón late a toda velocidad, bombea más sangre y hace imposible lo poco posible… La falta de oxígeno causó el inmediato desvanecimiento de Ruiz Massieu. La muerte llegó sin que él se diera cuenta. Pelearon su organismo y los cuerpos médicos una pelea perdida desde el primer instante…

Así fue cronicado un asesinato que 27 años después sigue sumido en la impunidad.

El asesino confesó a la entonces PGR varios nombres de quienes participaron en el conjuro. Algunos fueron inventados a propósito por la red de sus autores intelectuales.

Quien mandó a matar a José Francisco sigue riéndose de su acto criminal.

Uno de los responsables intelectuales del asesinato jamás apareció. ¿Qué pasó con Manuel Muñoz Rocha, el que fue el eslabón perdido de quien ordenó su crimen? Nadie sabe ni nadie supo.

El otro salió libre. A Raúl, el hermano de Carlos Salinas de Gortari, hasta le regresaron aquella multimillonaria fortuna que fue exhibida por Ernesto Zedillo y que pretendió sacar del país usando identidades oficiales falsas de las que, seguramente, se olvidaron castigar.

Con el crimen de Ruiz Massieu conocimos también la treta que urdió, para variar, la PGR: Chapa Bezanilla y la Paca. En una especie de script surgido del terror y del humor negro, se mezclaron la legalidad con la brujería de pacotilla. Si Ruiz Massieu, con su exhibida sapiencia en jurisprudencia, hubiera conocido toda esa jugarreta mediática seguro se vuelve a morir.

Un día después del asesinato, el periódico Reforma difundió en interiores una fotografía que -en mi opinión- desnudaba la lealtad política hacia el muerto: un político guerrerense distinguido subía imperturbable las escaleras del Hotel Casablanca mientras varios diputados priístas, con los que se había reunido esa fatídica mañana el entonces secretario general del PRI nacional, corrían con caras de preocupación para ver qué le había pasado.

Y, desde los rincones de las Europas –donde lo habían escondido- surgió Mario con su frase cómica: los demonios andan sueltos.

El que fue responsable de toda la investigación del crimen de su propio hermano tuvo un final de vida envuelto en el misterio. Su cadáver tapado, y de lejos, fue exhibido a la familia que no pudo siquiera tocar para despedirse.

En fin. Esa era y sigue siendo la política mexicana.

Estoy seguro que Ruiz Massieu, antes de que una bala en el cuello le segara la existencia, vivió su gloria y padeció su propio infierno en vida.

Hoy todos lo recuerdan, pero nadie exige justicia y castigo para los responsables de su asesinato.

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