El día que Acapulco y Pinotepa Nacional “se iban a perder”
- * “Que bebé tan feo… más feo se pondrá el 15 de abril, ya verán”
- * La premonición causó psicosis en Acapulco y en Pinotepa Nacional
- * ¡El día anunciado… tembló!… pero no pasó gran cosa más que el susto
Carlos Ortiz Moreno
En 1975, lo recuerdo perfectamente, en Acapulco se desató una psicosis porque “se iba a acabar el mundo” un día determinado de ese año, a raíz de una increíble premonición anunciada ¡por un bebé recién nacido!
En aquellos años, el periódico Prensa Libre de José María “Chema” Severiano Gómez había publicado un extraño acontecimiento que, según ese medio de comunicación de Acapulco, había ocurrido en uno de los cuneros del hospital del Instituto Mexicano del Seguro Social.
La historia publicada decía:
Un grupo de enfermeras había acudido a revisar a los bebés nacidos la noche anterior. Al llegar a uno de los cuneros vieron a una criatura bien envuelta y alguien dijo que había que dejarle más espacio entre tanto trapo para que pudiera respirar mejor.
Y esa enfermera abrió las sabanitas para que el bebé tuviera libertad en tomar aire para sus pulmones.
Entonces, una de las enfermeras que vio la carita del recién nacido, lanzó un grito.
—¡Dios mío! Qué niño más feo es este.
Y fue entonces cuando el bebé la regresó a ver y tranquilamente le dijo:
—¡Más feo se va a poner el 15 de abril! ¡Se va a perder Acapulco y toda la zona de la costa hasta Pinotepa Nacional! ¡Un terremoto va a tirar todo!
Tras decir eso, el bebé dejó de respirar.

Prensa Libre publicó días posteriores la historia a cuentagotas. Decía que los padres de esa criatura no eran guerrerenses, ni de este mundo y muchas historias fantásticas más.
Hace casi 50 años, la publicación causó un pánico nunca visto en el puerto de Acapulco.
Inclusive, se conoció que mucha gente oaxaqueña, específicamente de Pinotepa Nacional, vendió sus propiedades para evitar la tragedia anunciada por ese bebé.
Había temor en toda la sociedad. La noticia era la comidilla en todas partes. Tal era el temor que hasta mi madre tomó la determinación de que saliéramos de Acapulco. Junto con todos mis hermanos, mi mamá nos llevó a la casa de familiares en Atoyac de Álvarez donde estaríamos al menos una semana en lo que pasaban los acontecimientos que habían sido predichos.
Salimos de la casa de mi abuela dos días antes del día previsto. Todo era felicidad para mis hermanos, más pequeños que yo. La noche del 14 de abril para amanecer el 15 no podía dormir.
Esa misma noche, una familia vecina de nuestros familiares le acercó un bebé a mi mamá porque le había brotado un enorme grano, un nacido, a la mitad de su nalga. Imaginen a ese niño y sus estridentes llantos causados por el intenso dolor.
Mi madre tenía ese extraño don de curar; al menos nosotros confiábamos ciegamente que cualquier herida que nos hiciéramos sabíamos que la mejor doctora, enfermera y urgencióloga la teníamos en casa.
Recuerdo a m i madre calentar agua y pidió que compraran vendas y gasas para iniciar el proceso de curación. Vi cómo le extirpó, completamente, mucha pus hasta la raíz de la nalga del niño. Le curó de tal manera que el bebé quedó dormido. Y cómo no… estaba exhausto. Su mamá le dijo a mi madre que llevaba varios días llorando por culpa de esa molestia que le causaba dolor.
Mi madre comenzó su proceso alrededor de las diez de la noche y terminó poco antes de la medianoche. Los padres se llevaron a su bebé preguntándole a mi mamá cuánto le debían. Obviamente mi madre no les cobró un solo cinco y les dijo que cuidaran del niño y que estaríamos otros días más ahí para seguir revisándolo.
Nos venció el cansancio.

Cuando amaneció, lo primero que hice fue ponerme mis lentes que apaciguaban mi miopía y luego revisé el techo de la vivienda. Las tejas de doble agua estaban intactas. No había ocurrido nada. Todo estaba en su lugar. Mis tías, a lo lejos, preparaban el desayuno para todos los chamacos y adultos que había en la casa. ¡No había ocurrido la desgracia anunciada!
Mi mamá se dispuso a hacer llamadas telefónicas, vía operadora de Teléfonos de México, para saber qué ocurría en Acapulco. Tampoco pasó nada. Y eso nos alegró.
Justo cuando nos sentamos a la mesa escuchamos un retumbido del suelo. Fue como un resoplido que venía desde debajo de la tierra. Y sentimos una sacudida fuerte, pero leve. Volaron platos, vasos y todo lo que teníamos cerca. Los que veníamos de Acapulco explotamos.
Mi madre y nuestras tías nos calmaron. Recibimos abrazos y muchos besos. No pasó gran cosa más que la rompedera de vidrio que hicimos.
Prensa Libre era un periódico vespertino muy leído por los acapulqueños de aquellos tiempos porque era el medio oficial donde se publicaban los comunicados de la guerrilla de Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas cuando esos grupos habían secuestrado a alguien a fin de hacerse de dinero para su movimiento subversivo contra el gobierno.
Esos acontecimientos causaron prosperidad al propietario del vespertino y era la comidilla de los acapulqueños que, casi todas las tardes, esperaban a las decenas de voceadores que pasaban por todas las calles anunciando los secuestros cometidos y las condiciones impuestas para su liberación.
Por la fecha en que se publicó esta historia fantástica el movimiento guerrillero había terminado. Lucio y Genaro estaban muertos. Había iniciado la persecución gubernamental contra todos aquellos que integraron las bandas guerrilleras en la costa grande y en la costa chica de Guerrero.
Por consiguiente, la jauja económica que se generaba con la publicación de comunicados guerrilleros también terminó.

30 años después de esos hechos, tras la muerte de alguien del gremio periodístico de Acapulco, me encontré con el periodista Manuel Galeana Domínguez, uno de los reporteros redactores de ese medio de comunicación. Le traje a la memoria lo que había ocurrido en aquel año y que publicó el periódico donde trabajó.
Se me quedó viendo y sonrió. Me tomó del brazo y quedamente me dijo:
—Carlitos… Chema y yo lo inventamos. Se vendieron muchos periódicos y saldamos cuentas que teníamos ambos y las deudas que tenía Chema Gómez con ese vicio que nunca dejó hasta morir: el juego de las barajas.
