Expresiones

¿Otro huracán nos encuera?

Carlos Ortiz Moreno

No salimos de una… y entramos a otra. Nuevamente la madre Naturaleza nos pega a todos, gobierno y sociedad, en el peor de los momentos.

29 años después de aquel fatídico Pauline, caído como lluvia inmisericorde la madrugada de aquel jueves 9 de octubre de 1997, los recuerdos periodísticos tienen que aflorar y deben soltarse para señalar las fallas y… los culpables.

La primera autoridad del municipio, Juan Salgado Tenorio, había acudido a una fiesta particular de la esposa de un corresponsal de una agencia de noticias. Los comunicadores, sabedores de su dipsomanía, lo pasaron de copas y lo dejaron bien surtido.

Jamás supo lo trágico que fue esa precipitación sobre Acapulco esa madrugada. No conoció de primera mano el reclamo de la Naturaleza que recuperó sus espacios en barrancas y cauces, invadidos por mucha gente que era liderada por los famosos “luchadores sociales” (aunque deberían ser llamados lucradores sociales) de aquella izquierda invasora de terrenos en el puerto y que hoy, la gran mayoría, son gobierno.

En 1997, el gobierno federal actuó de inmediato. Ernesto Zedillo Ponce de León, momentos antes de iniciar el recorrido a las zonas dañadas para tomar determinaciones cruciales, corrió al alcalde acapulqueño del convoy presidencial tras increparle su penetrante olor de borrachera.

Desde entonces, se tomó la determinación inmediata de atender y reparar todos los daños físicos a estructuras de vialidad, educativas, turísticas y poblacionales en general, amén de la estructura hidráulica que se vio colapsada por el arrasador río Papagayo que casi derribó la presa hidroeléctrica de La Venta.

Decenas de muertos flotaban en las playas de Acapulco tras ser arrastrados por las corrientes de agua que bajaron con fuerza desde los cerros a través de barrancas y arroyos que conectan con el mar.

Pauline desnudó la codiciosa actuación de quienes lucraron con los espacios naturales para venderlos como terrenos para construir viviendas. De paso, se llevó la vida de centenares de víctimas de esos lucradores.

Un día antes, en la televisión nacional, el periodista y conductor de noticias Abraham Zabludovsky había alertado de la presencia de un monstruo en el Océano Pacífico que bordeaba la cercanía del Istmo de Tehuantepec. Se refería al huracán Pauline. Nadie hizo caso. Ni autoridades de Guerrero ni de Acapulco… mucho menos los ciudadanos acapulqueños.

Desde entonces, se tomó otra determinación: intentar construir un sistema de prevención de ese tipo de desastres y tragedias.

Aparejado a la reconstrucción, se concretó la idea de centro de monitoreo y crear, en un espacio físico real, una oficina de Protección Civil porque, antes del meteoro que pegó entre Oaxaca y Guerrero desplazándose por la Sierra del Sur por la costa guerrerense hasta caer a mares en Acapulco, operaba con un pequeño escritorio debajo de unas escaleras.

Se instalaron pluviómetros y conforme avanzó el tiempo y la tecnología se le fue dotando a esa oficina que dirigieron personas que estaban conscientes, algunas, de la responsabilidad que implicaba su cabal funcionamiento.

Hasta la administración de Evodio Velázquez Aguirre, la oficina de Protección Civil de Acapulco operaba 15 pluviómetros que podían definir perfectamente en tiempo real las prevenciones que debían tomarse.

Hasta que llegó la Cuatroté. El fenómeno del vengativo Andrés Manuel López Obrador puso en la alcaldía de Acapulco a dos mujeres en los últimos nueve años: Adela Román Ocampo y Abelina López Rodríguez cuyas actuaciones deberán ser juzgadas por el tiempo y la memoria de los acapulqueños.

Y llegó Otis y nos repitió la historia. Casi destruyó Acapulco y evidenció, nuevamente, la inoperancia del gobierno ahora instalado desde Palacio Nacional. Despertó malas acciones de ciudadanos. hasta penosamente servidores públicos, en saqueos a todo lo que se encontró tirado. Provocado eso ante la ineficacia de las autoridades del partido en el poder.

Un día después del golpe trágico, hay que subrayarlo, el propio presidente de la República admitió haber recibido informes de lo que causaría el huracán más poderoso que haya registrado el Océano Pacífico… y prefirió callarlo para no causar temor y alarma en los acapulqueños. Declaración pública de una negligencia criminal no castigada.

A mediados de junio de 2025, López Rodríguez presumió en todos los medios y redes sociales la instalación de un sistema de monitoreo y alerta meteorológica e hidrometeorológica de Acapulco se colocó a mediados del año 2025. Hay que recordar que su implementación se realizó en dos etapas principales consecutivas.

Primero, las tres antenas automáticas ubicadas en Pie de la Cuesta, El Coloso y Xaltianguis fueron presentadas e instaladas formalmente a partir del 6 de junio de 2025, con el objetivo de medir las condiciones climáticas y la velocidad del viento en tiempo real ante la temporada de ciclones.

Segundo, las bocinas de alerta temprana (Julio de 2025). Festinaron una red complementaria de las 13 bocinas especializadas de alertamiento masivo (conectadas al C4 y con baterías de respaldo en caso de apagones) que comenzó a colocarse el 9 de julio de 2025 y quedó completamente operativa a finales de ese mismo mes.

Este proyecto integral formó parte de la estrategia de modernización de Protección Civil impulsada tras el paso de fenómenos meteorológicos severos en la región para consolidar un Sistema de Alerta Temprana mucho más robusto en Acapulco.

Hoy, otra vez en octubre, nos vuelve a arremeter la Naturaleza con Simon, huracán que no pegó en la costa, pero dejó que sus nubes nos lanzaran millones de litros de agua y volvieran a causar daños.

Un funcionario de Protección Civil de Acapulco, un día antes de que Simon nos arrojara su fuerza de lluvias, declaró a los medios que “no veía peligro alguno para decretar suspensión de labores en escuelas y trabajos de gobierno”. Menos mal que los alumnos de todas las escuelas, maestros y padres de familia supieron con muchos trabajos y peligros llegar sanos y salvos a sus viviendas para soportar los embates naturales.

La diferencia de hace 29 años es que ahora hay Facebook y más redes sociales. Todos los servidores públicos, los «especialistas» en nada y los que buscan su hueso político se preocuparon en caminar por lodo y escurrimientos para fotografiarse y dejar constancia de que trabajó en la enésima emergencia en la ciudad más importante de Guerrero.

De aquellos 15 pluviómetros que había, nadie sabe cuántos operan en Acapulco. Los informes de la Comisión Nacional del Agua sobre los milímetros caídos de lluvia ubican a solamente tres puntos de Acapulco que tiene decenas de cauces y que, como hace 29 años, provocaron inundaciones en las partes bajas.

¿Hasta cuándo aprenderemos? ¿Tiene que pasar otra tragedia para que las autoridades y los ciudadanos se enteren que con la Naturaleza no se juega?

Ojalá que no.

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