Expresiones

Cumple Doña Chucha un siglo de vida en Guerrero

Roselia Escobar Mejía

El llegar a los cien años, con buena memoria, prender el comal con leña, cocinar sus alimentos, es una bendición de Dios, después de vivir algunas transformaciones como del candil a la luz eléctrica, del teléfono de casa al celular, de la radio a la televisión, de la televisión en blanco y negro a la de color, del carro de redilas al automóvil, así como a la inteligencia artificial.

En los últimos cien años (1925-2025), el mundo ha vivido cambios profundos y acelerados que redefinieron la sociedad, la política, la tecnología y la cultura. Este siglo ha estado marcado por grandes guerras, crisis económicas, una revolución tecnológica y descubrimientos científicos que transformaron la vida cotidiana.

María de Jesús Armenta Mejía nació del matrimonio formado por Cipriano Armenta e Isabel Mejía Abarca. Chucha, como la llaman de cariño, es la tercera de las hermanas. La mayor David, la segunda Guadalupe, la más chica Julia.

Siendo muy joven emigró al puerto de Acapulco para trabajar y estudiar, pero la lejanía de sus seres queridos, el cariño de la madre y las hermanas la hizo regresar al pueblo.

Doña Chucha siempre fue muy sociable. Recuerda cuando fue joven hacían días de campo con otras personas de su edad. El padre Emilio Vázquez Jiménez, párroco del pueblo, les prestaba una vitrola de cuerda para escuchar discos musicales hechos de pasta. Esta odisea que hacían daba inicio desde la hoy calle Marciana Ramírez Jacinto con rumbo a Las Marías. (Marciana Ramírez Jacinto fue la maestra del pueblo).

Uno de los jóvenes, le daba cuerda a la vitrola, al brazo donde va la aguja le ponían una moneda de plata o una piedra amarrada con un hilo para que hiciera peso y la aguja no saltara. Se ponía este artefacto en la cabeza y ahora sí a escuchar música por todo el camino hasta llegar al arroyo.

Machucha, como todos también la llaman, fue joven, bonita, trabajadora.

Ella se casó con Carmelo Bailón. Vivían con rumbo a Ayutla, él se fue para Acapulco a buscar trabajo, para hacer el pago del alumbramiento de su segunda hija. Pasaron días, semanas, meses y años sin tener noticias de él. Al principio, pensaron que algo le había pasado, pero dicen que las malas noticias se saben luego. Aída nació, el costo del parto lo realizó la abuela materna, haciendo pan y chilate.

Con dolor, vergüenza y coraje regresó a la casa materna. El dolor se reflejaba en su semblante porque se sintió burlada en su amor propio. Ella tenía un esposo con quien compartir, pero este se fue. Vergüenza, porque se sintió abandonada por la persona en la que depositó todo su cariño; coraje, porque tenía que empezar de nuevo en un pueblo chico e infierno grande.

Y, así, enfrentó las habladurías de las personas que diariamente pasaban frente a la casa. No dejaban de chismorrear, cuando iban por el agua con el cántaro a la cabeza.

Fernando y Aída crecieron sin el apoyo ni la formación del padre, pero con mucho cariño de la familia de la madre. María de Jesús, después de ese abandono, se preguntaba en qué falló. Si en ese día de su partida le dijo que lo esperara, que regresaría, pero no fue así. Él conoció a otra persona en el trabajo y se olvidó de la familia.

Tiempo después, sin compromiso legal de por medio, se reencontró con su vecino Pablo Vázquez, hijo de doña Chucha y Cornelio Vázquez, (por cierto, Cornelio, es hermano del padre Emilio Vázquez, compositor de la San Marqueña de quien dicen que esta melodía la hizo para una mujer de la que estaba enamorado).

Se dieron la oportunidad de tratarse, sin compromiso. Los dos por separado asistían a bodas y cumpleaños, así como a festividades de la iglesia. Y entonces nació un romance con el compromiso del amor.

De esta unión libre, porque ya no se volvió a casar, nació Cipriano, Bella, Chava y Alejandra. Que muchas personas nacidas en ese lugar de Dios y de María Santísima, los conocen.

Pablo, fue un hombre dedicado a la familia paciente responsable, bondadoso, hasta que enfermó de cáncer. Responsable, porque nunca abandonó a sus hijos; luchó contra viento y marea hasta que Dios reclamó su presencia.

Las viudas, divorciadas o dejadas, tal parece, no tenían derecho al segundo matrimonio. La mujer sola no valía nada.

Los riquillos del pueblo son los que se atrevían a llevarlas donde tenían sus siembras de maíz o huertas de coco para que les dieran de comer con tortillas recién hechas, saliditas del comal. Eran las dueñas de esa casa mientras no llegara la esposa.

La ley de los ancestros permitía que la segunda mujer, si tenían hijos, estos fueran reconocidos por toda la familia paterna, aunque no llevaran el apellido.

Hoy a cien años de distancia, muchas familias, aunque saben quiénes son sus padres, no fueron registrados como hijos legítimos.

Qué doloroso era leer en sus actas de nacimiento “hijo bastardo” mientras que en otros documentos similares, decentemente, le ponían hijo de padre desconocido.

Nota de la Redacción:

En 2025, se estima que en México hay aproximadamente siete mil personas centenarias (de 100 años o más), aunque la cifra exacta varía según la fuente y el método de estimación. Los datos más recientes del INEGI, de 2020, indican que había 6 mil 644 personas de 100 años o más y se espera un ligero aumento para 2025. Empero, no hay una cifra oficial actualizada publicada por el INEGI para 2025.

Tendencia al alza: Las proyecciones demográficas indican un aumento en la esperanza de vida y en el número de adultos mayores, por lo que se espera que esta cifra haya crecido desde 2020.

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