René Juárez, el priista de la democracia y rencor

  • * Cambió de la penuria de una colonia popular a una residencia en El Guitarrón
  • * Fue doble beneficiario de la democracia interna de su partido
  • * Entretuvo a los perredistas antes de que los reprimiera la policía
  • * Muere en Acapulco uno de sus escoltas que siempre quiso

Carlos Ortiz Moreno

René Juárez Cisneros fue, sin duda alguna, uno de los priistas que surgió en el entramado político de Guerrero por la elección democrática. Sus traumas para surgir en la vida le impusieron dos facetas que combinó en la política: la dureza en acciones de gobierno, a veces mezclada del rencor, y su natural desmadre surgido en la herencia afromestiza.

Hijo de un par de guerrerenses nativos de la Costa Chica, creció en una necesidad diaria por sobrevivir junto con todos sus hermanos en la casa que construyeron sus padres en la parte baja de la colonia La Laja, en los linderos de la colonia Garita de Juárez.

Jamás negó haber sido de los empleados de menor rango en la industria turística de Acapulco y siempre recordó a Jesús “Chuy” Rodríguez Espinoza, papá de Ernesto Rodríguez Escalona, de haber sido su patrón en tiempos aciagos y permitirle llevar comida —de la que sobraba en los platos de los comensales— para que comiera su familia.

Fue reconocido por ser un hombre que tenía empeño por salir adelante… a la buena, nunca a la malagueña.

Fotografía tomada del muro de Ángel Aguirre Rivero.

Al terminar su carrera profesional como economista, René buscó trabajo en el gobierno y el exgobernador Alejandro Cervantes Delgado lo designó como coordinador del Copladeg, luego de que lo conociera en el proyecto llamado Colegio de Economistas Guerrerenses al que también perteneció Ángel Heladio Aguirre Rivero.

Su trabajo le permitió integrarse al siguiente sexenio donde José Francisco Ruiz Massieu le vio buena madera para ser el secretario de Planeación y Presupuesto, cargo que tenía que ver con los trazos duros que emprendió el gobernador contra propios y extraños a la administración de ese entonces.

Alguna vez, Ruiz Massieu definió a Juárez Cisneros como uno de los funcionarios más pragmáticos de su administración porque no se tocaba el corazón a la hora de hacer los recortes de recursos a quienes no estaban operando como servidores públicos y porque tenía la visión calculadora para defender fracasos oficiales.

Cuando Ruiz Massieu impulsó la democratización de su partido, Juárez Cisneros se anotó para ser parte del experimento partidista. Junto con Antonio Arredondo Aburto y Juan San Román Ortiz formaron la terna para que surgiera el candidato del PRI a la presidencia municipal de Acapulco y sustituir a Israel Soberanis Nogueda.

El gobernador José Francisco Ruiz Massieu anuncia la contienda interna para elegir al candidato a la alcaldía de Acapulco. Participarían Antonio Arredondo Aburto, Juan San Román Ortiz y René Juárez Cisneros.

Antonio Arredondo Aburto, de todos sabido, era el candidato oficial y fue arrasado por el habitante de la colonia La Laja. Sabido que el tiro le había salido por la culata, Ruiz Massieu tuvo que cumplir con esa promesa de democratización e hizo candidato a René Juárez quien también ganó la contienda constitucional para convertirse en alcalde de Acapulco.

En esa época, la izquierda guerrerense le estalló varios incendios en algunas zonas del estado al entonces gobernador Ruiz Massieu. En Acapulco, esa nueva organización política llamada Partido de la Revolución Democrática se preparaba para ser partícipe en esa revuelta.

El día que el PRD marcharía desde la entonces glorieta de Puerto Marqués para dirigirse al aeropuerto internacional de Acapulco que sería tomado y bloqueado por los perredistas, el alcalde René Juárez Cisneros contuvo a los centenares de protestantes y trató de convencerlos para no realizar dichas acciones que consideró impropias.

Ahí, en plena banqueta de esa glorieta, Juárez Cisneros gritaba:

—Le van a dar en la madre a Acapulco. Tengan consideración hacia los turistas que vienen de vacaciones. La industria hotelera espera mucho de la temporada.

Los perredistas, en su mayoría provenientes de la Costa Grande y Costa Chica, ni caso le hacían. No les importaron las súplicas del alcalde.

A gritos y casi a golpes enfrentó a aquellos facinerosos que eran los más bocones.

—¡Cállate, pinche negro! Nos vale madres Acapulco y tú…

Gaudencio Valente Campos, su jefe de prensa, lo tuvo que contener para evitar que se liara a golpes. Ese mote lo aborrecía, aunque se lo permitió solamente a Ernesto Zedillo Ponce de León… porque era el presidente de la República.

René Juárez Cisneros con su madre, la señora Carmen Cisneros. Fotografía tomada del muro del Diario de Zihuatanejo.

Mientras que el presidente municipal de Acapulco entretenía a los manifestantes, el gobernador Ruiz Massieu ya había dado la orden de que los elementos de la policía Motorizada, la policía Montada y la Policía Judicial, además de la policía preventiva de Acapulco, se desplazaran hacia la carretera al Plan de los Amates para impedir el paso.

Frente al operativo quedaron los mayores Arturo Adame y Elías Oliva Pérez, quienes esperaron que el contingente llegara apenas a los terrenos del hotel Princess cuando se dio la orden de dispersar a golpes a los perredistas. Ninguno de los dirigentes fue lastimado, nadie de los que siempre vociferaron contra el gobierno fue despeinado siquiera.

Centenares de perredistas cayeron en la carretera a golpes de toletes, culatazos y balazos. Los heridos fueron subidos a camiones, entonces llamados “chilolos”, que venían de Barra Vieja y Plan de los Amates. Los cuerpos de los muertos fueron arrojados al piso de esos mismos camiones cuyos pasajeros fueron bajados violentamente por los policías.

René Juárez agachó la cabeza ante tamaña represión y tensó la relación con el gobernador de su propio partido hasta el término de su mandato en la presidencia municipal en 1993.

A la llegada de Rubén Figueroa Alcocer como gobernador del Estado, tras haber derrotado a sus adversarios entre los que se encontraba el ahora senador Félix Salgado Macedonio, fue llamado nuevamente para ocupar el cargo de secretario de planeación y presupuesto.

Su partido lo hizo diputado federal al año siguiente de llegar Rubén Figueroa y se encontró nuevamente con José Francisco quien se preparaba para ser el coordinador de los diputados federales.

René Juárez Cisneros y Luis Walton Aburto, relaciones rotas.

Aquella mañana en un restaurante de la calle LaFragua, en el entonces Distrito Federal, se había celebrado una reunión para alistar el plan a seguir. Al término del desayuno, Ruiz Massieu recibió un disparo en el cuello que le quitó la vida.

El periódico Reforma publicó una fotografía en donde la mayoría de los diputados priistas se encaminaban al sitio donde había sido atacado el acapulqueño y se notó que uno iba en sentido contrario de ese sentir. Esa persona que iba hacia otro lado era René Juárez Cisneros.

En 1996, a la caída de Rubén Figueroa Alcocer, Ángel Aguirre Rivero terminó el sexenio brincando de la dirigencia estatal del PRI, cargo que le heredó a René, quien comenzaría a preparar el terreno para buscar la gubernatura al término del periodo constitucional.

El PRI a nivel nacional volvió a abrirse a la democracia interna y René Juárez Cisneros jugó nuevamente contra sus propios compañeros de partido siendo su principal contrincante el ahora senador Manuel Añorve Baños. Fue tanta la algarabía electoral priista que se registraron hechos de violencia en lugares como Tecpan de Galeana donde se habló de muertos y heridos.

Nuevamente Juárez Cisneros fue beneficiado por esa democracia partidista y fue seleccionado como candidato a gobernador ganándole la contienda nuevamente a Félix Salgado Macedonio.

En la gubernatura, René enfrentó el cisma de su partido. Luis Walton Aburto renunció a la militancia tricolor luego de que el gobernador eligió a Ernesto Rodríguez Escalona como candidato a la presidencia municipal de Acapulco que tanto añoraba. Ernesto fue derrotado por el empresario Zeferino Torreblanca Galindo.

René Juárez Cisneros y Zeferino Torreblanca Galindo.

Y René usó el rencor contra Torreblanca Galindo al retrasar la entrega de las participaciones federales. El alcalde perredista de Acapulco usó el recurso legal de la controversia constitucional contra el gobierno del Estado y la ganó.

Gobernó con mano suave y dadivosa hacia quienes apoyaron su proyecto político y de poder. Fue duro y rencoroso contra aquellos que apoyaron al proyecto de Añorve Baños con quien hizo las paces políticas, pero lanzó una advertencia a los liderazgos priistas de Acapulco que le dieron la espalda: no pedirle nada porque no daría nada.

El fallecimiento de René Juárez Cisneros mostró otra faceta de un Destino que se disfraza como enigmático en la vida de todos:

Mario Castillo García, alias “La Muerte”, fue uno de sus escoltas personales cuando fue gobernador. Respetado y temido en al barrio de Petaquillas, en Acapulco, este personaje gozaba también del reconocimiento del ahora finado exgobernador.

Quienes fueron colaboradores narran que René Juárez Cisneros se ponía de mal humor, sudaba en exceso y hasta parecía palidecer (porque cambiaba de color en su cara y manos) cuando la gente lo abrazaba y lo atiborraba de peticiones, algunas personales. René tenía miedo de que alguien le hiciera algún mal, tenía miedo a ser objeto de algún atentado.

A pesar de que sus colaboradores y amigos se le acercaban para darle el respaldo personal, René no se consolaba y continuaba con su malestar. Entonces su escolta, La Muerte, llegaba y lo abrazaba. René miraba hacia abajo y escuchaba las palabras tranquilizantes de este personaje. Su mirada se clavaba en las manos del hombre armado, especialmente en dos de sus anillos que no eran otra cosa que dos calaveras.

El ritual se repitió en las siete regiones del Estado y en muchas ocasiones. Solamente fueron testigos del mismo sus cercanos.

René murió a las 5 y media de la mañana. El gobernador Héctor Astudillo Flores informó del deceso casi media hora después. Una hora más tarde, cuando la noticia corrió como reguero de pólvora, el escolta falleció en su cama donde convalecía por temas de salud.

Ambos decesos confirman que hay lealtades que ni la muerte puede separar.

Para muchos quedó muy grabada aquella premonición:

Cuando concluyó su mandato de gobernador, la despedida a sus protegidos, especialmente periodistas, fue de vaticinio político y económico:

—Me van a extrañar, cabrones… me van a extrañar.

 

 

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