Los bomberos de Acapulco

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Carlos Ortiz Moreno

Carlos Ortiz Moreno

El primer gran incendio en Acapulco fue el del llamado Teatro Flores, ocurrido a las 10:10 de la noche del 14 de febrero de 1909. Ahí, dentro del enorme jacal de madera construido contra todas las normas de seguridad por el dueño que era hermano del gobernador en turno, quedaron hechos cenizas más de 300 personas de los casi 4 mil acapulqueños que habitaban aquel viejo pueblo de pescadores.

Según la narrativa de Anituy Rebolledo Flores, la pantalla del teatro Flores proyectaba aquella noche el corto titulado La pasión por el billar. Las películas de la época estaban hechas de nitrato de plata, un material de altísima inflamabilidad (recuérdese la devastación de la Cineteca Nacional). La situación se agravaba por carecer el equipo de una bobina para recibir la cinta exhibida, debiendo acumularse esta un costal de yute para su posterior rebobinado. Yesca pura.

No había bomberos. La gente quiso controlar las llamas a cubetazos de agua. Nada pudo hacer por salvar la vida a los que quedaron adentro. Según narra Gustavo Martínez Castellanos, el teatro se encontraba en la esquina de independencia y Quebrada, donde estuvo la Cruz Roja y luego una tienda del ISSSTE. Esa aciaga noche, el cielo raso cayó sobre la muchedumbre y después se desplomó el techo. La catástrofe duró hasta las cuatro de la mañana.

Antes del amanecer se apagaron las llamas y quedaron brasas. Un humo espeso se extendió por la ciudad. El olor a carne quemada permaneció más allá de las montañas por varios días.

Los soldados abrieron tres grandes zanjones en el panteón de San Francisco, los presos recogieron con palas los restos calcinados y los llevaron a sepultar. Atrás de los carretones iba una multitud pues entre esos restos seguramente iba algún familiar. El acarreo duró hasta el anochecer del día 15.

Bomberos en desfile en 1960.

El dueño, don Matías enloqueció. Sentía sobre su conciencia la muerte de aquellas personas. Un día se pegó un tiro en mitad del paladar. El número de víctimas del siniestro es una incógnita. Algunos cronistas calculan que fue de 300 y otros hacen fluctuar la cifra entre los mil 500 y hasta más de dos mil.

En Historia de los bomberos de Acapulco, se indica que el 15 de diciembre de 1948, casi 50 años después de esa tragedia, arribó al puerto el capitán Felipe Zepeda Díaz, miembro distinguido del cuerpo de bomberos del Distrito Federal a bordo de una motobomba acondicionada marca Mack, modelo 1948 con capacidad para 6000 litros de agua; dotada con tres tramos de manguera de 2 y media pulgadas de diámetro por quince metros de largo cada una, así como de 2 escalas de madera (una de extensión y otra de gancho), un tubo de succión de 4 pulgadas de diámetro por cuatro metros de largo y bomba a base de magneto acoplada en la parte lateral del tanque para expeler el agua a presión o bien para succión de esta en caso de inundaciones.

Esta unidad queda a la intemperie sobre la calle de Independencia (a un costado del edificio de la benemérita institución cruz roja mexicana) lado oeste del viejo palacio municipal. Los primeros elementos que se integran al servicio de bomberos fueron un chofer y un elemento de tropa que en forma provisional eran proporcionados por la entonces policía urbana de Acapulco.

Al día siguiente ingresa como miembro activo de dicha corporación Enrique Arellano Cuevas quien es el primer bombero efectivo pagado por la comuna municipal con partida de egresos exclusiva, según nombramiento expedido por el José Ventura Neri, presidente municipal constitucional de Acapulco.

Uno de tantos incendios del mercado central de Acapulco.

Recuerdo que, saliendo del consultorio del doctor Ricardo Morlet Sutter –ubicado en la calle de Independencia, o sea, la calle que va atrás de la Catedral del zócalo— había un largo tubo por el que, si querías, podías bajar hasta la mismísima estación de bomberos.

Todo ello estaba en la parte trasera de una construcción antigua que albergaba las oficinas del Ministerio Público, la Policía Judicial y la lóbrega cárcel de Acapulco que, muchos años más tarde, se convirtió en el palacio municipal, la sede del Ayuntamiento.

En aquel 1967, recuerdo a mi padre —uno de los reporteros de policía más intrépidos que haya conocido— tirándose abrazado de ese tubo hasta llegar tres o cuatro metros abajo… o más. Me llamó para hacer lo propio. Justo cuando iba a obedecer su orden un brazo velludo, grueso y fuerte me detuvo. Era el doctor Morlet.

—¿Qué te pasa? ¿Estás loco para que este escuincle se tire por este pinche tubo?, tronó con su enorme vozarrón, enojado contra mi padre que observaba la escena con una sonrisita burlona. Tras la orden del médico, me bajé por las escaleras de caracol que había a un costado.

En uno de sus tradicionales festejos en los años 60.

Ahí, sentaditos en aquellas sillas Acapulco —que ahora todo mundo solo las nombra como “sillas de plástico en forma de huevo”—, conocí a dos tipazos que me sorprendían con sus historias personales. Eran el capitán (de bomberos) Ciro Salgado Osorio y el teniente Enrique Arellano Cuevas.

-Carlitos, ven acompáñanos. Vamos al rescate del cuerpo de una persona que se murió y que apareció flotando frente al Fuerte de San Diego, le dijeron en esa ocasión a mi padre. Y allá fuimos. Iba trepado, con mi padre, en aquella motobomba roja cuya sirena ululaba por las calles del Acapulco de hace 40 años.

El cadáver efectivamente flotaba a pocos metros de las rocas. Quién pensaba en ese entonces que ahora estuviera el muelle o el edificio de la terminal marítima. No. Había puras rocas en el mar que chocaba contra esa curva que se hacía de la costera Miguel Alemán justo frente al fuerte de San Diego. A mis seis años, era el primer cadáver que tenía frente a mí.

En esos años no había teléfonos celulares, no había los radios de comunicación Matra, no había televisores a color ni pantallas LCD. Ni siquiera se pensaba en los teléfonos inalámbricos ni el ahora antiguo Fax. Nadie se comunicaba por mensajes de texto ni WhatsApp o Facebook o Twitter.

¿Estoy hablando de la prehistoria? Podría ser. Pero… entonces… ¿cómo se podía atender una emergencia si había las condiciones mínimas de comunicación que ahora tanto disfrutamos todos?

Muy simple: los acapulqueños eran una comunidad que practicaban a la perfección la simbiosis que existe en la Naturaleza. Había confianza con ese grupo de hombres que exponían su vida para salvar las vidas y los bienes ajenos. Cualquier incendio que hubiera en cualquier parte de Acapulco se enteraban los bomberos gracias a los cargadores, a los panaderos, a los carteros, a los bolilleros, a los carniceros, a los taxistas, a los ciudadanos comunes y corrientes.

Los primeros bomberos de Acapulco.

De los inolvidables comandantes que ha tenido el Cuerpo de Bomberos de Acapulco se encuentran Martel Alvarado Medina, quien luego fue también síndico procurador; el capitán Salvador Hernández Gutiérrez, insustituible servidor público en Acapulco; Ciro Salgado Osorio, el que más tiempo duró en el cargo como jefe de bomberos ¡más de 20 años!; Tomás Zamora Gómez; Jaime Espinoza Flores, sin olvidar luego a René Lobato Arizmendi, quien luego fue presidente del PRD en Guerrero.

El cuartel de bomberos permaneció fijo por muchos años en la calle de independencia hasta el año de 1968. A partir de esa fecha y por obras que se llevarían a cabo en la construcción del palacio municipal, el cuerpo de Bomberos se albergó en forma provisional en la parte norte del Mercado Central de Abastos (junto al estacionamiento) lugar donde permanecieron hasta el año de 1975. Luego se trasladaron a uno de los locales ubicado en la avenida Guerrero s/n. de la unidad habitacional Hornos (antes Dirección o Campamento de Caminos), instalaciones ocupadas por las diferentes corporaciones policíacas.

Finalmente, el 1 de febrero de 1988, el entonces gobernador José Francisco Ruiz Massieu inauguró el nuevo cuartel, ocupado formalmente a partir del 28 de marzo de ese año, ubicado en forma definitiva en la avenida Los Amates s/n del fraccionamiento Farallón del Obispo. En su primera etapa de construcción, el edificio se realizó gracias al Consejo Privado para el Desarrollo de Acapulco (Coprida), cuyo presidente era el contador Carlos Zeferino Torreblanca Galindo.

Desempolvo todo esto de mi memoria porque es necesario recordar a esos héroes de carne y hueso que han sido, desde siempre, los llamados “tragahumo”. En todos los desfiles que han participado, de los que yo tengo memoria desde mi niñez, los acapulqueños les otorgaban un aplauso unánime a su paso y, en respuesta a esa muestra de afecto popular, prendían las sirenas de sus vehículos.

Larga vida a los bomberos. Que las nuevas generaciones de acapulqueños sepan quienes fueron los primeros “traga-humo” que hubo en este puerto y que iniciaron sus servicios desde 1948. Que las autoridades no solamente se vayan a tomar la fotografía con esa gente que siempre está dispuesta a ayudar a quien no es su familia.

Los bomberos siempre han recibido aplausos en los desfiles de Acapulco.
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