50 años de locura

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Carlos Ortiz Moreno

Carlos Ortiz Moreno

Sí. Muchos pensarán que estábamos idiotas o locos. O éramos ignorantes. Dígannos lo que quieran. Pero hace 50 años, mucho antes de todos los avances tecnológicos que ahora tenemos y que proporcionan una información en tiempo real de cualquier espacio de este planeta, había quienes creían que la Luna… era de queso.

Hace 50 años, los niños jugábamos las retas de futbol en la calle con porterías cuyos postes eran piedras o mochilas, nos escondíamos de nuestros amigos en espera de poder ser el último para “salvarlos” y rebotábamos las monedas para que quedara una cuarta cerca y ganarle el dinero con quien jugábamos a retacharlas en la pared.

Las niñas se entretenían con sus juegos de tés y sus muñecas. Nadie les decía que estaban siendo entrenadas para ser amas de casa. No, simplemente jugaban. Algunas de esas muñecas eran de trapo y no había esas que la mercadotecnia ha convertido en parafernalia de padres que se desgañitan y presumen ahora en fotografías.

Aquel que no sabía lanzar el trompo y cacharlo en el aire era un niño anormal; tirábamos los tacones viejos de zapatos para intentar sacar monedas, aquellas “josefitas” que traían la imagen de doña Josefa Ortiz de Domínguez, del cuadro o triángulo hecho exprofeso detrás de líneas que teníamos que respetar en cada tiro.

Hace 50 años había solamente dos canales de televisión, canal 2 y canal 4, que se veían en blanco y negro. Ambos eran de Telesistema Mexicano, no había otra empresa en provincia que transmitiera programas doblados al español o programas en vivo de música.

Un año atrás de hace 50 años saludábamos a la bandera cuando escuchamos el himno nacional en la Olimpiada de 1968 porque Felipe “El Tibio” Muñoz había ganado aquella épica medalla de oro en natación. Inolvidable locura.

En esa misma Olimpiada lloramos, algunos, con aquel michoacano llamado José Pedraza Zúñiga mejor conocido como el sargento Pedraza cuando no pudo alcanzar al ruso Vladimir Golubnichiy en la caminata de 20 kilómetros. Y dolió mucho no escuchar el himno mexicano, pero dolió más ver ese llanto imparable de un elemento del entonces honorable Ejército Mexicano que consideró su odisea personal como un fracaso.

Sí, es cierto. También había pasado la matanza de Tlatelolco, bautizada así por el ataque perpetrado contra estudiantes que protestaban contra el mal gobierno, el gobierno del partido único, el gobierno que reprimía cualquier manifestación colectiva, el gobierno que decidía todo lo que pasaba en el país a través de la figura del presidente de la República. Y había ciegos que así veían a ese personaje como un Mesías de la política y creían a pié juntillas lo que decía, tal y como sucede hoy en día.

Hace 50 años, aquella mañana del miércoles 16 de julio de 1969, estábamos pegados a las pantallas para ver cómo un cohete espacial, con 180 millones de caballos de fuerza, despegaba de Cabo Cañaveral, en la península de la Florida.

Miguel Alemán Velasco, aquel heredero de los despojos practicados en Acapulco contra familias pobres que no pudieron defender su patrimonio, era quien narraba el momento histórico que concretaba la misión número 11 del programa espacial gringo que bautizaron como Apolo, el nombre del dios más influyente y venerado de la mitología griega.

Desde las siete de la mañana, en México se iniciaron las transmisiones que mandaba directamente la NASA y que eran repetidas por las cadenas televisivas norteamericanas y “cachadas” por la televisión mexicana. Así pudimos ver con sus trajes de astronautas, de color blanco, al comandante de la misión Neil Alden Arsmtrong, Edwin “Buzz” Aldrin Jr. y Michael Collins. Un civil y dos militares.

A paso lento pero firme, los tres ingresaron al elevador que los conduciría al módulo que estaba a más de cien metros de altura.

La explicación del viaje era sencilla: En la punta del cohete que sería desechado en tres fases en el aire iban el módulo de servicio, el módulo de mando Columbia y el módulo lunar Eagle con otro módulo de ascenso que sería utilizado para acoplarse con el Columbia cerca de la luna y regresar a casa.

En el Columbia, Collins giró alrededor de la Luna esperando no chocar con otro módulo soviético, el Luna 15, que giraba en la disputada Luna. Casi 24 horas después del alunizaje, los astronautas iniciarían el viaje de retorno de la Luna a la Tierra y caer, envueltos en llamas por la atmósfera terrestre, en el océano. Fueron 70 horas de caída sobre el planeta luego de que la atmósfera los atrapara.

Ese 16 de julio, todos iniciamos, alrededor de las nueve de la mañana, el conteo regresivo. Y en el mundo se escuchó fuerte y claro:

—¡Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero…! ¡Despegue!

Y en esos viejos televisores —que tenían apenas un selector para 13 canales— vimos, hace 50 años, cómo el enorme cohete Saturno V de más de 110 metros de altura, con más de 10 metros de diámetro y 3 toneladas de peso, se levantaba lentamente y quemaba los más de 4 millones de litros de hidrógeno y oxígeno líquidos para salir al espacio terrestre. El pulso cardiaco se aceleró por la expectación.

Sí, era la primera vez que presenciábamos algo histórico. Era algo real que solamente habíamos leído en las novelas de Jules Gabriel Verne o llamémosle simplemente Julio Verne.

Y cuatro días después, como hoy 20 de julio de 1969, alrededor de las nueve de la noche vimos en todo el mundo cómo el hombre hacía su realidad al pisar la luna.

En la televisión se escuchaban dos voces. Una era la transmisión original desde Cabo Cañaveral de Walter Leland Cronkite, el presentador de la cobertura de la misión Apolo 11 de la cadena estadounidense CBS, quien se quedó sin palabras en un primer momento.

Después, cuando vio al astronauta pisar suelo lunar, solo pudo exclamar:

—¡The man on the moon! ¡Oh, boy! ¡Wow, boy!

—¡El hombre en la Luna! ¡Oh, chico! ¡Wow, chico!

Era el mismo Cronkite que había hecho llorar a millones ocho años antes cuando anunciaba que John Fitzgerald Kennedy había muerto luego de ser atacado a balazos aquel 11 de noviembre de 1962 en Dallas, Texas.

Y en México, Jacobo Zabludovsky le tocó narrar el momento.

Ahí estábamos frente a las pantallas. ¿Qué pasará cuando toquen la Luna? ¿Se hundirán? Eran las interrogantes de niños que creíamos lo que los abuelos nos decían sobre las lunas de queso.

El sitio exacto del alunizaje fue el Mare Tranquilitatis o Mar de la Tranquilidad.

Vimos cuando una figura borrosa bajaba, trastabillante, de una escalerilla hacia el suelo que tenía un color blanco brillante. Era Armstrong. Bajaba lentamente los escalones. Primero buscó tentar la superficie y a falta de más escalones brincó a la superficie. Parecía una falla al calcular el tamaño de la escalera.

Y Jacobo lo definió:

—Siendo en México las 8:56 de la noche del 20 de julio de 1969, el primer ser humano ha puesto su pie sobre la superficie lunar. Es sencillamente extraordinario señoras y señores, nos sentimos sumamente emocionados. Está pisando la superficie lunar. Este ha sido el instante, la fracción de segundo, el relámpago que divide dos épocas como en medio de un abismo.

Y se escuchó la frase inolvidable e inmortal de Neil Armstrong:

—That’s one small step for a man, one giant leap for mankind.

—Este es un pequeño paso para el hombre, un gran salto para la humanidad.

Y lo vimos caminar, poner los aparatos que debía poner conforme la misión para la que entrenó. Y, junto a “Buzz” Aldrin, colocó la bandera de Estados Unidos que, seguramente por el nerviosismo o miedo de sentirse seres solitarios en el espacio, no extendieron completamente sus antenas.

Fue un día histórico para el mundo. Fue como un día mágico que iniciaba todo lo que ahora nos parece una gran mentira.

Y todo ocurrió, más tarde, con el paso de los años.

Vimos a Allan Shephard, el astronauta loco, correr y brincar en la Luna. También vimos el primer vehículo en nuestro satélite: el Rover lunar que transportaba a los nuevos viajeros por la superficie rocosa. Después presenciamos los viajes de los transbordadores y fuimos testigos de la explosión de uno de ellos que causó la muerte sentida de sus tripulantes.

Hemos leído y escuchado las noticias, sin ser testigos, de los viajes no tripulados de las naves que han atravesado la Vía Láctea y han enviado fotografías del planeta Tierra, nuestra casa, a millones de kilómetros de distancia. Y hemos comparado su tamaño en esa inmensidad que está encima de nosotros pese a que nos creemos seres superiores.

Hoy la realidad la tenemos en una mano con un teléfono celular que llamamos smartphone. Si todo lo que se crónica sale de otra parte, no es creíble. Es la verdad encerrada en la realidad actual.

Hace 50 años nuestras fantasías y sueños eran inmensos y muchos los alcanzaron con el paso de los años. Todas esas fantasías nos ilusionaron con canciones tan bellas dedicadas a Selene, nuestra hermosa Luna.

¿Que fue una locura todo esto? Sí, es probable que sí.

Pero ha sido la mejor de las locuras que pudimos haber tenido en este sueño llamado Vida.

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