Carlos Rullán Dichter

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Carlos Ortiz Moreno

La incesante ola violenta que parece no dar tregua en Acapulco y que hunde en la zozobra a sus habitantes parece haber impedido el reconocimiento que merecería Carlos Rullán Dichter, uno de los turisteros que documentó gráficamente la vida espléndida del jet set mundial que eligió como suya esta joya del Pacífico llamada Acapulco y que se disfrutó en dos décadas inolvidables.

Carlos Ortiz Moreno

Con la desaparición física de Rullán Dichter se corre el riesgo de que el olvido entierre toda esa época del boom turístico y del aventurismo de magnates que habían elegido hacer sus residencias en este lugar, que consideraban a Acapulco como un lugar que Dios moldeó como su Paraíso y que veían a los acapulqueños como aquellos hombres de buena fe, trabajadores y excelentes anfitriones, muy lejos de la imagen actual de los prestadores de mirada voraz.

Sin temor a equivocación, es probable que a Rullán Dichter se pueda comparar con Teddy Stauffer, Míster Acapulco, otro grande que amó profundamente al puerto y que, seguramente, se hubiera vuelto a morir de la vergüenza en que los politicastros transformaron esta belleza natural en el más grande de sus mezquindades al grado de cínicamente llamarlo “la joya de la corona”.

En sus funciones como secretario de fomento turístico, en el régimen de Rubén Figueroa Alcocer, Rullán Dichter buscó afanosamente que los recursos públicos se distribuyeran en las grandes promociones turísticas de la Secretaría federal del ramo y dio manga ancha al desarrollo de eventos como el Festival Acapulco, el Tianguis Turístico, la Convención Bancaria, el Festival de Cine Francés y la Reseña de Cine que emulaba la antiquísima Reseña Cinematográfica.

Carlos Rullán vivió la época Dorada de Acapulco cuando era frecuente ver en restaurantes de lujo al escritor Carlos Fuentes, al cantante Rod Stewar, al defenestrado Sha de Irán, a Frank Sinatra, al magnate Loel Guinness, Elton John, Jacklin Smith, la hermosa Farrah Fawcett y su esposo Lee Majors, Neil Armstrong y Buzz Aldrin, los astronautas que pisaron la luna, entre tantas celebridades que pisaron esta tierra.

Inolvidables los sitios que regenteó como el Jackie’O, el hotel Villa Vera, la discoteca Armando’s Le Club, entre tantos sitios que hacían que Acapulco fuera una auténtica y hermosa joya.

Ese fue el Acapulco que parece no volverá nunca más. La muerte se ha llevado el pasado domingo a uno de los pioneros del servicio turístico de altura, del servicio turístico que jamás tendrá validez entre la clase que ahora diseña la política del abordaje y del viento mercenario.

Hasta siempre Carlos Rullán. Buen viaje.

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