Pauline…

Views: 33

Carlos Ortiz Moreno

Hace 21 años Acapulco estaba de cabeza, partido y ensangrentado. Todos estábamos espantados de lo que había sucedido en la noche de ese fatídico 9 de octubre.

El martes 7, en el noticiero 24 horas de la tarde, Abraham Zabludovsky había alertado lo que decían los especialistas del Centro Nacional de Huracanes de Miami y del Servicio Meteorológico Nacional, de México: estaba creciendo un monstruo en las aguas del Océano Pacífico y se acercaba a las costas mexicanas.

Sí, fue la decimosexta tormenta tropical y octavo huracán que se formó en la temporada de huracanes en el Pacífico de 1997. Se le asignó el nombre de Pauline, convirtiéndose en el tercero más intenso de dicha temporada, según Wikipedia.

Efectivamente, el miércoles 8 de octubre de 1997 el huracán Pauline tocó tierra alrededor de las cinco de la tarde en Puerto Escondido, Oaxaca. Entró con vientos de más de 215 kilómetros por hora y rachas de más de 240 kilómetros por hora provocando serias afectaciones en la entidad vecina.

El meteoro penetró la sierra madre del sur y se desplazó hacia Guerrero. Soltó toda su furia, convertida en agua, sobre Acapulco y se disipó, dicen los especialistas, las primeras horas del día 10 en el estado de Jalisco.

Pauline produjo una torrencial precipitación récord en Acapulco de 411,2 milímetros acumulados en menos de 24 horas. Ello provocó que las cañadas naturales de la ciudad se vieran invadidas de agua que arrasó todo lo que encontró a su paso. Enormes piedras de toneladas de peso parecían plumas ante la fuerza de la corriente y fueron el ariete perfecto para destruir calles, puentes, viviendas, iglesias y vidas… muchas vidas.

Pauline desbarató en esa noche muchos sueños, principalmente de niños cuyos padres insensatos construyeron las viviendas sobre los cauces de arroyos que pensaron nunca crecerían. Familias completas aparecieron al amanecer, sin vida, en las playas. Pero muchos nunca más fueron encontrados porque quedaron enterrados en las miles de toneladas de piedras y tierra que bajaron de los cerros o porque sus cadáveres (o los restos de cuerpos) fueron absorbidos por el mar.

Las imágenes eran de un Acapulco devastado. Se trastocó la tranquilidad de calles con el destrozo de las calles en declive que conectaban con la zona más baja.

Muchos pensaron que este destino turístico había desaparecido por la fuerza de la Naturaleza. Las cifras oficiales narraron entre 300 y 500 los muertos además de otro número similar de desaparecidos. Pero vox populi indicaba que fueron miles. Era un jueves pozolero que todo mundo olvidó por tamaña tragedia.

La experiencia del terremoto de 1985 que causó la aparición de la Protección Civil había sido desechada en Acapulco. El gobierno local, encabezado por el priista Juan Salgado Tenorio, se vio rebasado en la operatividad. El titular de la oficina era un taxista y con eso se dice todo.

Semidestruido y sumido en el dolor por la irreparable pérdida de sus habitantes, Acapulco aguantó otro embate: el de los políticos que se lavaron las manos, se culparon unos a otros con gritos asumiendo actitudes de paladines de la justicia y fantaseando con ser dueños de verdades mentirosas.

Pero nadie fue a la cárcel por la omisión irresponsable.

Ahora todo eso es recuerdo. Cada quien lo vivió y sufrió a su manera. Unos con mucho dolor y otros sin él.

Pauline fue retirado de la lista oficial de nombres para huracanes por respeto a las víctimas que provocó… pero en la memoria colectiva sigue presente.

Sin duda alguna.

error: Content is protected !!